miércoles, 17 de noviembre de 2010

SIN NOMBRE (Y CON INVIERNO)

Helena:


Esta noche, me voy a derretir pensando en ti. Después, por la inclinación del suelo me chorriaré hasta la puerta. Como si fuera agua saldré a la calle, como si fuera lluvia de estos días me deslizaré hasta tu casa. Allí, inmóvil, como charco, tendré que esperar a que el frío de esta ciudad, que congela, restituya mi cuerpo; solo así podré tocar el timbre y saludarte con un beso. Pero si el frío no llega a auxiliarme, habré de dormir a tus pies (afuera, pero a tus pies), y mañana salpicaré tus zapatos cuando tu caminar, una vez más, haga estallar mi quietud monótona y simple.


Tuyo siempre,


Tercero Vernaza

lunes, 15 de noviembre de 2010

OTRA COLUMNA DE LIDERAZGO Y EMPRENDIMIENTO

Si se lee el periódico: “es la hora del ‘liderazgo’ y el ‘emprendimiento’”; pero si se habla del futuro: “aún no llegan el ‘liderazgo’ y el ‘emprendimiento’”. Si se oye a cualquier joven: “somos la generación del ‘liderazgo’ y el ‘emprendimiento’”; pero si se oye a cualquier viejo: “ya no queda nada de aquel ‘liderazgo’ y ‘emprendimiento’”. Para el desempleo, ‘liderazgo’ y ‘emprendimiento’, para la corrupción, ‘liderazgo’ y ‘emprendimiento’, para el aburrimiento, ‘liderazgo’ y ‘emprendimiento’, para la falta de creatividad, ‘liderazgo’ y ‘emprendimiento’, para no tener que salir de la monotonía, ‘liderazgo’ y ‘emprendimiento’.


Ambas son palabras que se pronuncian con recurrencia, pero que en general salen vacías, desprovistas de sustancia, como si la sola combinación de letras significara ya algo venerable. Es evidente que hay poco interés en que estos vocablos se llenen de contenido, pues vacíos, o medio vacíos, sirven como simples sellos de presentación con los que se cree construir prestigio e identidad. Llegar a llenarlos con sinceridad implicaría renunciar a la comodidad de su uso, develar el rostro real del sujeto que las enuncia y arriesgarse al cambio.


‘Liderazgo’ y ‘emprendimiento’ son palabras que, como tales, en su uso, pueden llenarse tanto de transformación como de resistencia a ella, al igual que pueden vaciarse para llenarlas de acuerdo a la ocasión. En Caldas se han convertido en trincheras con las que algunos sujetos se protegen del cambio y refuerzan la conservación, a pesar de que las dos podrían representar una fuerza irrefrenable dentro de lo político. Así pues, al discutir sobre lo que se concibe dentro de estas palabras, la búsqueda, más que por sus significados, debe comenzar por el sujeto político que las enuncia y les da, o no, contenido.


Si se comenzara por explorar al individuo caldense, ese que habla de ‘liderazgo’ y ‘emprendimiento’ como si se tratara de arrojar papelitos al aire, podría verse que el uso que hace del lenguaje parte de la definición de su subjetividad política. Esos usos calculados y obscenos de las dos palabras, son propios de un sujeto que espera reconocimiento y un lugar de poder. Son “lidermiento” y “emprenderazgo”: usos que nos han traído hasta este lugar de corrupción y estancamiento, este lugar donde ‘emprendimiento’ y ‘liderazgo’ son una ficción que hace sentir cerca algo que no llegará, una realidad mejor, y hace creer que se ha dejado de ser lo que se sigue siendo, sujetos en carencia. Todo esto ha sido generado por un sujeto político que no se reconoce, ansioso de poder, que encubre su historia, que por miedo o conveniencia calla la verdad y guarda secretos públicos, que utiliza el derecho y los medios de comunicación para el olvido antes que para la memoria.


Pero hay ilusión. Cambiar este uso oportunista por un uso constitutivo, ético, sincero, sí es posible, y lo es desde otro sujeto político, uno que se piense distinto, que enuncie estas dos palabras como lo que son, una irrupción hacia fuera, pero antes, una irrupción hacia adentro. La esperanza de Caldas no reside sólo en la enunciación, reside más en el sujeto que se reconoce en la carencia y no en la fantasiosa adulación; que mira hacia atrás y acepta que ha gozado con la injusticia y la violencia de su historia; que examina el provecho que ha obtenido del olvido; que ante la crítica reflexiona en vez de caer en la negación; que se arriesga en apuestas colectivas; que vence el miedo que le impide reconstruir y narrar la verdad de esta tierra; que se atreve al cambio pero no a la hegemonía; que no necesita un padre o un padrino que le preste palabras y le muestre caminos; que entiende la política como empoderamiento y no como subsistencia; que comprende que ni dentro de “nuestra mejor empresa” puede tramitarse toda la sociedad; que siente que la entrega por el otro inunda de ética los actos; que ve en el liderazgo una irrupción que quiebra, que rompe, y en el emprendimiento la rebelión constante que resiste a la dificultad y al encuadramiento de los sistemas.


El sueño es que en vez de líderes y emprendedores, y en vez de palabras vacías atosigando el aire, haya sujetos políticos que decidan buscarse, construirse y afirmarse desde la ética y desde el uso sincero del liderazgo y el emprendimiento; un uso en el que éstos ni siquiera se necesitan nombrar.


Bogotá D.C., octubre de 2010


(Publicado en el periódico LA PATRIA de Manizales – Caldas. 29 de octubre de 2010)

DROGAS ENTRE EL LIBRO

Alejandro es mi librero; digo que es un jíbaro del centro de Bogotá porque es a quien le compro, a veces por placer y a veces por vicio, mis dosis de fantasía y filosofía: libros. Justo el día que le mostré lo último que había comprado, ‘Las llaves falsas’ del caldense José Vélez Sáenz, que no se lo compré a él, me dio por preguntarle si conocía Manizales. Con la misma risita que me respondió que la visitó una vez, resaltó que lo que más recordaba de la ciudad era el “tontódromo”. De inmediato supe a lo que se refería; rememoraba ese lugar mítico, mitad fútbol mitad ciclismo, en el que muchos manizaleños, o turistas como Alejandro, dieron un primer “plon” y un primer “pase” que aún no termina.


Entendí entonces que no se debería hablar de Manizales sin hablar de drogas; eso, precisamente, lo supo mejor José Vélez cuando en ‘Las llaves falsas logró describirla desde las “confidencias de un marihuanero” y no desde su historia oficial. Las drogas, y entiéndase como tales también el alcohol, el cigarrilo y otros más, han determinado en secreto la construcción de ciudad y han ayudado a escribir nuestro libro común. Sin embargo se sigue hablando de las drogas como algo anormal, excepcional, extraño, y no es así; no es porque respecto a las drogas se haya vuelto normal lo anormal, es tal vez porque lo normal siempre se rotula de “anormal” para poder arrojar el estigma fuera de nosotros. En Manizales nos disfrazamos de ignorantes para no tener que aceptar la presencia de las drogas y su incidencia en la historia de nuestra sociedad.


Si hubiera sensatez con las drogas que han escrito nuestro libro, veríamos que son muchos más los marihuaneros que se multiplican y los periqueros que se esconden, veríamos en la Licorera el mayor expendedor de droga (legal) del territorio, veríamos que somos una población que casi permanece alcoholizada y veríamos la manera en que muchos adolescentes gozan del consumo de los medicamentos psiquiátricos que les formulan. Si fuéramos sensatos con las adicciones que escriben nuestra historia, veríamos que nuestra cultura pervive tanto en los adictos a las “pepas”, como en los adictos al cigarrillo, al chocolate, al Prozac, al café, al Internet.


Manizales debe aproximarse a las drogas y a las adicciones (que no necesariamente se relacionan) en términos de cultura y de salud pública; significa dejar de lado el discurso represivo de la seguridad. Debe procurarse la ruptura de ese imaginario al que ha llevado la dicotomía de la legalidad y la ilegalidad, en el que se estigmatizan unas sustancias y se promueven otras. Ver con ojos más sensatos, resignificar socialmente las drogas y hasta promover otros hábitos de consumo, puede conducir a la emancipación de los sujetos y a recuperar rituales que reconstruyan lo colectivo y que fundamenten una nueva relación con la realidad que vivimos. Sin embargo el consumo actual parece llevar a lo contrario y antes permite que las drogas sean parte del problema y no de la solución.


En la ciudad, las drogas, incluyendo alcohol, cigarrillo y hasta medicamentos, se han constituido como el medio más eficaz para retener los ímpetus de inconformidad y de cambio frente a la realidad corrupta que vivimos. Consumidores de muchas drogas toman su consumo como una práctica irreverente y de liberación, pero apenas viven un jouissance, un “goce permitido”, que se les ofrece con la condición de que no interpelen su realidad. Es entonces una obligación ética discutir sobre el uso que se ha hecho de las drogas; pensar hasta dónde son justificables en términos de libertad e irreverencia; debatir si han sido las formas actuales de consumo las que han llevado a la desidia frente a la corrupción de nuestra sociedad y a la ruptura de las posibilidades colectivas. En últimas, como el alcohol, las drogas y las adicciones seguirán escribiendo nuestra historia, debemos definir de qué manera queremos que la escriban.


Mi librero es un jíbaro, pero dependiendo de cómo lo asuma, cada libro que me vende puede liberarme o llevarme a la esclavitud. En todo caso, ocultar que las drogas y las adicciones nos han acompañado hasta aquí y han definido parte de lo que somos, sería como esconder el ripio de marihuana entre las hojas del libro al tiempo que se quiere olvidar que allí permanecerá; sería continuar adorando sólo una imagen de nosotros y seguir sin leer ni narrar el verdadero relato de nuestro pueblo.


Bogotá D.C., septiembre de 2010


(Publicado en el periódico LA PATRIA de Manizales (Caldas). 26 de septiembre de 2010)

DERECHO Y ROCK'N'ROLL

Para ahí Helena, que te voy a contar. Una vez, mi profesor de Contratos I intentó convencer a mi clase de que el “orden público” y “las buenas costumbres” partían de una diferenciación tonta, pues decía que se daba por contado que no son posibles buenas costumbres por fuera del orden público. Ya te imaginarás cómo me sobresalté, le dije que no era cierto, que su lección confundía la ética con la ley y el Estado con la justicia. Me miró con frialdad, se acercó con pasos cortos y respondió algo que me entró como el más certero pitonazo entre pulmón y pulmón: dijo que por si no lo había notado esa era una clase de derecho y que tal vez una clase de ciencia política o de sociología podían ser mejores escenarios para debatir sobre moralidad y legitimidad del orden público. Dejé el salón por la decepción, era precisamente sobre democracia y sobre la legitimidad de nuestras leyes que quería discutir, y no pude.


La rabia fue mucha Helena. Sentí que la separación derecho/política era sólo una argucia para enseñarnos un derecho que no transforma realidades, sino que apenas las lee y las traduce; sentí que me decían que mi labor no sería escribir cuentos, que sería más bien aprenderlos a leer. Entonces decidí que no me engañaría más, el derecho no debe leerse por fuera de la política. Pero mujer, no lo digo porque deban relacionarse, lo digo porque el derecho y la política no se pueden ver como continentes cerrados que se juntan y se separan, que se sacan de clase o se entran; son un mismo cuadro de varios colores que se entrelazan y hasta se engañan. El derecho es política, la política es derecho, la política hace derecho y el derecho política.


Los profesores, después de saturarnos con mundos jurídicos, según ellos limpios de política, salen en sus autos por las calles o a pie por los pasillos, decididos a continuar con sus negocios y a definir, en cada proceso que llevan, en cada foro que participan, en cada libro que escriben y en cada ley que hacen, qué es propiedad, qué es justo título, qué es un contrato de trabajo, qué es una cooperativa, qué es pueblo, qué es constitución, qué es Estado, qué es una S.A.S., qué es desplazamiento forzado, qué es tutela, qué es una inhabilidad en la contratación pública, qué es un acto anticompetitivo, qué es un bien baldío y más… Y eso, Helena, sólo por hablarte de conceptos, pues ni hablar de las muchas veces que salen es para perseguir un puesto de poder, una magistratura, un contrato, un ministerio… Allí sí, lejos del salón donde creen que no los vemos, con sus conceptos y en sus puestos, nuestros profesores reconocen la intimidad entre derecho y política, y, sobre todo, su poder y utilidad.


En una facultad de derecho, detrás de cada “eso es algo político que no corresponde con la clase ni con la facultad”, hay un interés político que se esconde o un lugar de poder que se protege. Y es así Helena, mientras nosotros no levantamos la mirada de los apuntes que se dictan y mientras renunciamos al argumento que llaman “político”, nuestros profesores conservan para sí toda capacidad de creación y construyen la realidad con su música. Pero verás Helena los días en que saquemos la mirada del dictado de los cuadernos, en que enarbolemos nuestros argumentos sin distinción y en que con nuestra creatividad escribamos rock’n’roll que haga temblar la realidad.


Bogotá D.C., septiembre de 2010


(Publicado en el periódico FORO JAVERIANO. Tercer Trimestre – 2010. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. Bogotá D.C.)

domingo, 22 de agosto de 2010

DEMOLIENDO HOTELES

Escribo sin acudir a las generalizaciones que eximen de las salvedades. Escribo acudiendo al “yo” parcial, subjetivo y emotivo, que nació de repente en una Manizales fortuita, en una generación dispuesta por el azar y en una clase social que no escogí. Escribo en primera persona, para que mis palabras sean más un relato con el que muchos pueden identificarse y no una teoría convincente.

Empiezo por decir que esta Manizales no sería posible si los manizaleños no la hubiéramos imaginado como la imaginamos. Creo que calles y edificaciones sólo tuvieron vida con nuestra presencia y con la representación que en ella plasmamos como pueblo. Así pues, que quede claro, que esto no lo escribo para la ciudad inerte, de afuera, llena de edificios que mágicamente se agarran de las laderas; no, lo escribo para lo que le dio vida: yo, y ustedes si así lo creen.

Siento que mi generación, en Manizales, es una generación que no ha tenido la posibilidad de hacer de su ciudad un hogar, un espacio en donde sembrar sus sueños. Somos una generación en desbandada: algunos partimos con la esperanza de volver, otros ya no regresarán, y los que se quedaron parece que postergan sus sueños o esperan el instante preciso, que llaman “oportunidad”, para salir corriendo.

Siento que a mi generación algunos le vendieron la idea de que hace parte de una ciudad a la que no es posible arraigarse, una ciudad en la que ya hasta nosotros, manizaleños jóvenes, estamos de paso. A mí generación la convencieron de que aunque podríamos vivir cómodos en este lugar, nuestros sueños parecen ser posibles sólo en otro lado. El pecado fue haberles creído, sin objeciones, sin reclamos.

Debe ser por eso que siempre me ha incomodado ese imaginario tan repetido de que Manizales es un “buen vividero”. Creo que este aforismo esconde más de lo que afirma (pues muchos manizaleños, desempleados y necesitados, hoy podrían no estar de acuerdo), pero además, en este caso, considero que replica la idea de no permitir que Manizales sea un hogar. ¿Vividero? ¡Vividero es cualquier cosa! Vividero termina siendo cualquier espacio que nos garantice seguridad, calor y comida; hasta un hotel es “vividero”.

Así que desde hace años prefiero darle vida a una ciudad que sea hogar. Un vividero, un hotel, por agradable que sea, se deja cuando ya no se requiere más, se abandona sin remordimiento pues nada nos pertenece y a nada pertenecemos; en un hotel hacemos fiesta porque no cuesta ningún sacrificio, ningún dolor. En un hogar, en cambio, cada ladrillo es una pasión, allí los mayores sufrimientos y los mayores sacrificios se viven para apostarle a lo que se cree y se sueña, y para definirnos como una familia de hermanos en la que a cada uno lo debe constituir la entrega por el otro.

Cuando nuestros sueños se contraponen a esta ciudad que hemos imaginado, en vez de edificar otra Manizales posible, nos vemos obligados a abandonarla para construir sueños en territorios ajenos o a soportarla mientras intercambiamos ilusiones por una supuesta comodidad. Tal vez muchos de los que hemos partido lo hemos hecho porque ha sido más fácil enfrentar la soledad de otros lugares, que arriesgarnos a imaginar una ciudad distinta o arriesgarnos a disputarle el espacio a quienes se han aprovechado de este imaginario de la “ciudad-hotel”.

Mi generación, tanto quienes nos hemos ido como quienes se han quedado, hoy tiene una ciudad de pasillos ajenos y habitaciones incomunicadas, una ciudad que parece que ha dejado de ser nuestra, pues ya no es fruto de los sueños propios. No obstante, he vislumbrado algunas opciones que espero que los jóvenes manizaleños, que creen hacer parte de esta generación, las sepamos leer y discutir: podemos irnos ante la dificultad de este hotel para brindarle un espacio a nuestros ideales; podemos quedarnos mudos y entregarnos a las supuestas comodidades del “vividero”; o, finalmente, podemos volver y permanecer para reclamarle a los dueños de este hotel que la ciudad no les pertenece, para afirmar que nuestro derecho no es irnos sino quedarnos, para tumbar estas paredes ajenas y para edificar un hogar, una cuna para nuestros sueños, que aunque incómodo y hasta hostil, será nuestro.

Yo, como ven, prefiero la última opción. Seguiré diciendo que en Manizales sí son posibles los sueños de mi generación, pero no de cualquier forma; ellos se harán realidad cuando en nuestros oídos retumbe el coro de Charly García: “Hoy paso el tiempo demoliendo hoteles”.

Bogotá D.C., julio de 2010.

(Publicado en el periódico LA PATRIA, el 1 de agosto de 2010. Manizales – Caldas)

lunes, 12 de julio de 2010

NO ES SÓLO CUESTIÓN DE ACTITUD

Cuando a Ricardo Henao le preguntaron cuál era el fin por el que insistía en su “Nooo se muuuevan, ya regresamos…”, cada vez que suspendía la sección de deportes de RCN, él respondió que un viejo maestro del periodismo le había recomendado seguir con esa consigna, pues era importante edificar un estilo y posicionar una marca alrededor de su imagen de periodista. No queda duda entonces de que le funcionó, pues en un país que cree más en sus comentaristas deportivos que en sus dirigentes, no era difícil que con sólo esa frase, cada mediodía, consiguiera el cariño de los colombianos.


Hoy los bogotanos pueden comprobar que Ricardo Henao triunfó con su estrategia, pero lo que ellos seguro no saben es que algunos otros, fuera de él, intentan día a día imponer el suyo. Si se visita el Concejo de Bogotá, además de vivir una experiencia que deja perplejo hasta el más optimista de los demócratas, se pueden descubrir estilos muy particulares que los concejales construyen y ensayan todos los días. Entre formas de vestir, de caminar, de hablar por los micrófonos, hay un elemento de esos estilos que parece hablar mucho de cada dirigente: su respuesta al llamado a lista de cada sesión.


“Presente, presente, presente” (en franca alusión al “trabajar, trabajar, trabajar” presidencial) contestan Álvaro Argote y Henry Castro al llamado a lista de cualquier sesión del Concejo. Recordándonos sus épocas de locutor, Orlando Castañeda responde con una voz adornada en exceso y recita un saludo libretiado, aunque sí llama la atención una considerable pausa que hace antes del correspondiente “presente”. José Fernando Rojas suele romper el protocolo (el cual está más en la teoría que en la práctica) con un comentario futbolero previo a su “presente”. Rafael Escrucería se impone con voz fuerte y reparte “buenos días” a diestra y siniestra, hasta para el secretario y los asistentes. Carlos Pérez, como buen cristiano y sin ser muy original, nos encomienda en las manos de Dios.


Clara Sandoval y María Angélica Tovar, haciendo gala de la sencillez más femenina, que no pone esos adornos que alimentan más el ego que el discurso, responden con un simple “presente”, que en ocasiones acompañan con un “buenos días” o “buenas tardes”. Martha Ordoñez, a su “presente” de igual sencillez le suma, de vez en cuando, algún comentario sobre la no violencia contra la niñez, su bandera política. La originalidad del concejal Orlando Parada se limita a cambiar su “presente” por un “firrrme”, con el cual cree dar a conocer no sólo su pasado militar sino su mayor preocupación: la seguridad. Finalmente, y por supuesto sin agotar todos los concejales, Felipe Ríos y Carlos Galán, los más jóvenes, o al menos los más primíparos en esto de edificar un estilo alrededor del llamado a lista, aún aguardan en lo que parece ser la primera etapa del “presente, muy buenos días” (aunque a veces, paradójicamente, el mismo “presente, muy buenos días” se oye de la boca de Jorge Durán, el más veterano).


¿Será que los concejales de Bogotá recibieron el mismo consejo que recibió Ricardo Henao de aquél viejo maestro de la comunicación, de edificar un estilo, un marca personal? Si lo recibieron, a algunos se les olvidó la más importante de las lecciones: el estilo no debe ser un recipiente vacío. El estilo no debe ser un engaño, jamás debe ocupar el lugar de lo sustancial. En el caso de los concejales, todo lo que de performativo tiene su estilo (hasta para responder al llamado a lista), debe reflejarse de una sustancia: de su actitud en la política, su visión, sus modos de ejercerla, de vivirla.


El estilo por el estilo, de ser posible, no es más que actuación y espectáculo. Éste debe corresponder a un fondo; el estilo no es más que el preámbulo, a veces el epílogo, de un relato primordial que subyace. La forma en que los concejales se visten, hablan, saludan, conducen, así como la forma en que ofrecen un discurso y buscan votos, debe corresponder a la ciudad que sueñan, a la relación que tienen con sus electores, o, incluso, a la relación y aproximación con los medios de comunicación. Que no nos engañen, la buena labor de Ricardo Henao no termina en su “nooo se muuuevan”, su estilo es la concreción de su profesionalismo.


Pero el fondo no debe ser de cualquier color; hasta el más audaz y hermoso de los estilos puede ser reflejo de las sustancias más ruines y de las actitudes más perversa. Sería tonto desconocer que un estilo puede usarse para encubrir, para mentir, para hacer daño o para proveer asimetrías de poder en favor del líder político. De un fondo negro como este es que nacen los estilos de algunos concejales de Bogotá. Hasta la mejor creatividad para contestar el llamado a lista puede obedecer a una actitud sustancial deplorable.


En este caso, ante el mutismo de los jueces, la ciudadanía grita una verdad pero en voz muy baja; el pueblo guarda el secreto de que el estilo de algunos concejales, además de un saludo amable, es la compra de votos, el tráfico de influencias, el alquiler de los programas públicos, o hasta la manipulación de los contratos distritales para favorecer los patrocinadores de sus campañas. Así, mientras la respuesta al llamado a lista sonríe para las cámaras, las obscenas prácticas electorales destruyen la sociedad política; todo esto hace parte del mismo estilo que se enraiza en, y refleja, una sola sustancia: el goce individual.


El Concejo de Bogotá tiene dos vías: o que los concejales se propongan afirmar como sustancia primordial a la política, a aquella que lo es en tanto no puede escindirse del bien común (tal y como la definía Aristóteles); o, por otra parte, que aquellos concejales que insisten en renunciar a una ciudad de hermanos por perseguir sus intereses individuales, se propongan cambiar su estilo al menos por uno más coherente con su actitud. Ejemplo exagerado de esta segunda opción sería que algunos concejales respondieran el llamado a lista de manera más acorde con su oscura sustancia. “Muy buenos días apreciados concejales, aprovecho para mandar un saludo a la familia Nule; espero que les rinda el trabajo hoy en la 26. Presente”, diría alguno; o quizás: “Tengan buen día todos y todas. Ayer conseguí cuatrocientos votos sólo con diez puestos. Presente, Presente”. Pues no sería lo ideal, me quedo más con la primera vía, pero pues esta segunda, al menos, nos permitiría comenzar con la verdad pintada en la cara y no con una sonrisa postiza enredada en la boca.


Que lo sustancial sea la política (construcción de ciudad para el bien común), o al menos que los estilos dejen de encubrir la verdad y la codicia. En todo caso los fondos negros, las actitudes antiéticas, no deben ser opción para los concejales de Bogotá. El sello personal de los concejales debe ser más una sustancia loable que una máscara original. La política no es sólo una cuestión de estilo, no es sólo una apuesta estética; más bien, como diría Fito Páez, es una cuestión de actitud.


Bogotá D.C., julio de 2010

jueves, 3 de junio de 2010

LADERAS OCULTAS

Don E sólo sonríe cuando pasa por las espalda de la Catedral, caminando por ese estrecho pasaje que es la 23. Dice que allí el olor del pan recién salido del horno lo estremece y el aroma del tinto tostado lo hace devolver en el tiempo. En ese momento del día es que sonríe, se echa una bendición, da gracias por lo fue, pide por lo que no ha sido y ya no sonríe más. El resto del día se lo camina serio, abstraído, pensando en cómo se las ingenia para vender sus tirados de panela por el bien de su familia.

Desde hace días, mientras atraviesa toda la Avenida Santander intentando vender, anda intranquilo por una razón más: ya no es la falta de plata, es la inseguridad. Le preocupa que ahora tiene que hacer más ágiles sus pasos porque cuenta con menos horas para su labor; pareciera que los criminales le han arrebatado el mismísimo tiempo.

Antes él regresaba a las nueve o diez de la noche a su casa, pero ahora debe procurar no dejarse coger la tarde; desde hace tiempo un grupo de personas optó por asesinar o amedrentar todo aquel que camine por las calles de su barrio a altas horas de la noche. Dice que esa gente tiene sus negocios y por eso mantiene el control de la zona; dictan la forma de vivir a través del terror que infundan con asesinatos, extorsiones y panfletos que amenazan desde indigentes hasta líderes comunales.

El incremento de bandas criminales ha sido constante en los últimos cuatro años, incluso en las ciudades, y Manizales no debe haber sido la excepción; pero ¿cómo indagar por el impacto que han tenido en la ciudad cuando las autoridades no pueden ingresar a sus zonas de influencia, cuando los ciudadanos no denuncian por miedo y cuando esta renovada dinámica criminal no es de fácil registro?

Me cuenta Don E que a veces le da rabia; detesta la manera como los manizaleños piensan en la seguridad. Dice que cuando un habitante del común ve un policía en las avenidas principales, queda convencido de la normalidad y de la paz de los sectores más excluidos y apartados. Un CAI en La Francia, en Palermo, en El Cable, en Chipre, hace olvidar que en Manizales existen barrios donde la policía no puede ni entrar por que allí gobierna la criminalidad.

Cuando oigo a Don E, pienso que Manizales se quedó en una seguridad que apunta a una tranquilidad fugaz y exclusiva para quienes pueden disfrutarla, una tranquilidad que sólo engaña el miedo y alimenta la fantasía del “buen vividero” que tanto repetimos. Es la estrategia de seguridad que olvida que la lucha contra la criminalidad no es sólo persecución del delito, sino también defensa de la dignidad humana. La coerción debe ir de la mano con la prevención y la solidaridad, pero cómo pensar en éstas cuando no aceptamos lo que hay prevenir ni con lo que debemos solidarizarnos.

La ciudad ha segregado la violencia y la pobreza a las laderas que están fuera de la vista, para que el resto de la ciudad no las note y así no se incomode. Quienes sí podemos disfrutar de la tranquilidad poco indagamos por la suerte de estas zonas afligidas y preferimos ni hablar de ellas. No hay quien narre el desplazamiento urbano en el que las personas huyen de la violencia o de la falta de vivienda digna en busca de otros barrios.

A Don E le molesta que se niegue el terror presente en la ciudad y que haya personas, fuera de los criminales, que sacan provecho de la violencia. Los homicidios en Manizales, en lo que va del año, han aumentado 25%. ¿Cuánto debe esperar Don E para que la sociedad mire hacia las laderas abandonadas a la suerte del crimen? ¿Cuánto para que la autoridades le apuesten a una estrategia íntegra y no a fiascos como el de Manizales Segura, con corruptelas y al mando de personas que, como se dijo, se benefician de todo esto? ¿Cuánto al menos para que la ciudad comience a hablar de su violencia y a aceptarla?

Ya Don E se va, seguirá su caminata rutinaria por el centro y la Santander. Me deja, y veo que su preocupación no abandona su cara; seguro en sus tirados carga una esperanza, pero esta noche, en su barrio de las laderas ocultas, a lo mejor lo espera una muerte que toda una ciudad no quiere ver.

Bogotá D.C., mayo de 2010

(Publicado en el periódico LA PATRIA, el 1º de junio de 2010. Manizales, Caldas)