miércoles, 26 de agosto de 2009

CARTA ATEMPORAL


Bogotá D.C.,


Helena


Cuando llegue ese día en el que deba desear devolver el tiempo, tal vez pida ir hasta hoy, hasta el día en que una mujer mágica me dejó hacer parte de sus sueños. Pero tal vez no pida nada, porque ¿para qué exigir la devolución del tiempo cuando el instante ha sido siempre el mismo?


Creo que ese día en el que la vida da la oportunidad de querer regresar, es sólo ofrecido para quienes han intercambiado la infinidad atemporal de la felicidad, por la limitación temporal de los placeres. Pienso entonces que no desearé la restitución de los minutos desaparecidos, no le temeré a la muerte; ese día, estando aún a tu lado, confirmaré que en el amor ayer es hoy y hoy es mañana. Amarte antes de morir es haber salido ya del tiempo.


Tuyo siempre,


Tercero Vernaza


Bogotá D.C. Agosto de 2009

lunes, 20 de abril de 2009

LOS ORÁCULOS DE LA MORAL

Societies think they operate by something called morality. But they don’t. They operate by something called law (…) The question is never “was it wrong”, but “was it legal”.


(Extracto de la película “The Reader”. Dirigida por Stephen Daldry y escrita por David Hare. Basada en el libro “Der Vorleser” de Bernhard Schlink)


Escribo en primera persona, no por vanidad, no por codicia, más para hablar como hijo de la misma tierra de tantos. No escribo fechas, porque aspiro a que las letras no queden aprisionadas en el tiempo, puesto que son ellas oportunas para cualquier edad de esta orilla del Atlántico; no escribo nombres, porque deseo que las ideas no se entiendan como frutos de pasiones coyunturales, puesto que sólo son parte de una forma de percibir toda una realidad descomunal, el universo latinoamericano.


Hablo de Latinoamérica antes de entrar en el terreno colombiano, más por poner de presente que este rincón, encerrado por ambos océanos, no es más que un reflejo de todo un pueblo latino que en vano pretende explicarse, debido a la razón con la que aborda la irracionalidad de su escenario y sus actores.


Colombia, un país como tantos de esos a los que el mundo prefiere aproximarse mediante sus televisores y no mediante los testimonios mismos de las palabras y las letras, es una nación de historia convulsiva que pervive en razón de una violencia estructural e inmanente a su transcurrir, una violencia que se perpetúa incólume aun cuando cada cierta época los actores pretenden mostrarla como una distinta, aun cuando los violentos cambian de nominación y aun cuando se busca disfrazarla con otros atuendos para ocultar que sus causas han sido las mismas desde siempre.


Pero ahondar en el tema de una violencia que nos desborda, es pretencioso y hasta irresponsable si se hace de una forma somera, más bien prefiero, en esta ocasión, escribir acerca de un espacio común al que la gran mayoría de los colombianos hemos arribado como consecuencia de habernos acostumbrado, incluso de haber tolerado, la dinámica de un conflicto que día a día influye sobre más generaciones. Este espacio común que señalo, es lo que algunos han sabido denominar como la “crisis de la moral” que ha determinado el ámbito de la política colombiana. No obstante son pocos los que se han arriesgado a analizar dicha crisis axiológica desde el punto de vista del ciudadano, quien, se olvida, es otro actor del sistema político, uno que a diario es sometido a los avatares del conflicto, bien sea directa o indirectamente.


Al momento de aproximarse a la actividad política del ciudadano, se constata que su capacidad de valoración se encuentra, en primer lugar, determinada por lo que en el ordenamiento jurídico se expone como legal o ilegal, dando paso a una moral restringida que entiende como bueno lo que se reconoce conforme al derecho, y como malo, lo que lo contraviene, dando por contado que los sistemas jurídicos actuales abarcan en sí mismos los valores propios de la moral social. Algunos políticos y sociólogos han venido denunciándolo, han venido analizándolo y parecen haber coincidido en su conclusión de que el ser humano posmoderno, hijo de la revolución individualista y liberal, le teme a su propia libertad, a su capacidad de discernir entre lo que es bueno y lo que no lo es. En este sentido, Erich Frömm, psicoanalista alemán, señaló en alguna ocasión que aun cuando la libertad le había proporcionado independencia y racionalidad al hombre, ésta lo había aislado y, por lo tanto, lo había tornado ansioso e impotente. En este orden de ideas, para él dicho aislamiento resultaba insoportable para el individuo, llevándolo hacia la alternativa de rehuir la responsabilidad de esta libertad. (FROMM, Erich. “El miedo a la libertad”)


Esta moral restringida, esta “crisis de la moral” evidenciada en el actuar político de la sociedad civil colombiana, y hasta latinoamericana, pareciera partir del pánico producido en el hombre el hecho de sentirse libre y capaz de decidir, pero sobretodo de la eventualidad de sentirse responsable por lo que pueda concluir y por lo que haga con ello. Así pues, para el ciudadano resulta de mayor goce acudir a los ordenamientos jurídicos con el fin de hallar respuestas a sus dilemas axiológicos, debido a su resistencia de develar por sí mismo la naturaleza benévola o maligna del acontecer político cotidiano. Dentro de este panorama, aún atendiendo a que los sistemas de derecho pueden no compilar las consideraciones morales de la sociedad, los ciudadanos prefieren tomarlos como oráculos de la virtud.


No siendo suficiente lo anterior, en Colombia, incluso en Latinoamérica, hemos llegado a un estadio más problemático, puesto que hemos tolerado no sólo que las consideraciones morales se tomen en consonancia con el ordenamiento jurídico, enarbolando la premisa de que está permitida toda política que no esté prohibida, sino que, yendo más allá, hemos optado porque las determinaciones valorativas residan en el discurso de figuras mesiánicas. En otras palabras, hemos permitido, además, que la escala axiológica de las naciones sea decretada por gobiernos que así mismo se han mostrado como salvadores de una realidad. Para Colombia, y parte de Latinoamérica, ha resultado mucho más cómodo entregarle el discernimiento moral a unas figuras presidenciales autoritarias, puesto que mientras más se limiten las libertades menos necesidad hay de que la sociedad civil reflexione en torno a lo malo o lo bueno. De esta forma, como reacción de su miedo a su propia libertad, el ciudadano termina por atender como bueno todo aquello que el gobierno mesiánico designe como tal.


De esta forma es como se converge en la aceptación moral de la “seguridad democrática” en Colombia, o de la “revolución bolivariana” en Venezuela, por exponer otro ejemplo, puesto que no siendo valoradas por el ordenamiento jurídico, mucho menos son objeto del discernimiento axiológico de la sociedad civil, en la medida en que los gobiernos ya lo determinaron moralmente por ella. Así pues ante la “crisis de la moral”, ante el miedo a la libertad, para el ciudadano es más fácil reelegir que discernir; a lo mejor así es que podrá exculparse del futuro de su nación. Bien hizo García Márquez al recordarnos que "la independencia del domino español no nos puso a salvo de la demencia".

Bogotá D.C., Febrero de 2009


(Publicado en: Revista LOS DÍAS SIN ROSTRO. Marzo de 2009. Lima - Perú)

miércoles, 25 de marzo de 2009

LIDERMIENTO Y EMPRENDERAZGO

Si quisiera elegir por donde empezar, hablaría de un amigo jesuita que me demostró que “un líder es aquél que ni siquiera sabe que lo es”, pero mejor voy iniciar con la ocasión en la que oí al filósofo Guillermo Hoyos Vásquez manifestar su preocupación, por cómo el fenómeno del liderazgo nos ha venido trayendo hasta un estado donde muchas personas se creen caciques y muy pocas están dispuestas a ser indios. Allí, en parte comprendí ese malestar que desde tiempo atrás siento por todos los que me dicen que debo explotar mis “cualidades innatas” de líder, por todo conferencista que me exhorta a conocer los doce pasos para ser “el líder de los líderes” (que me suena como a ser el “papá de los amores, ¡oa!”) y hasta por los libros que a un lado de las cajas registradoras exponen títulos tan concretos y metafóricos como: “Madera de líder” (Puig, 2004), “Qué hacen los líderes para obtener los mejores resultados” (Baldoni, 2008) y “El club del liderazgo” (Cubeiro & Sainz, 2005).


Manizales me ha enseñado desde niño dos cosas: a amarla, pero sobretodo a desconfiar de todo aquel que se presente, o sea presentado, como líder o emprendedor. ¿Qué hay más risible que un joven, o un viejo de ‘blue jeans’ y tenis, que mientras afirma su presunta capacidad de emprender y liderar, no hace otra cosa que aceptar precisamente su debilidad y su falta?


No quiero arremeter contra el emprendimiento y el liderazgo, sino que mi interés es evidenciar sus remedos, sus imágenes arbitrariamente distorsionadas que se han venido abriendo paso en nuestro país, especialmente en Caldas y Manizales, esas que denomino lidermiento y emprenderazgo, esas cuyos avezados pregoneros recorren nuestras calles, o especialmente nuestras universidades, portando blancas camisetas, emotivas manillas y patrióticas banderitas.


Estos liderdedores y estos emprénderes, son cómicos porque dicen que la sola inteligencia y la simple ambición se traducen en un éxito perdurable; son peligrosos porque sólo persiguen entregarse a las cámaras para publicitar su fama; son cínicos porque su discurso de beneficio regional es el escudo de sus utilidades personales; son ingenuos porque creen que pueden salir a ganar batallas con espadas prestadas por el propio enemigo. Son hipócritas porque aseguran que con buenas noticias, en periódicos y sitios en Internet, recuperaremos la confianza en nosotros mismos y en nuestro departamento, cuando lo que hacen es evadir secretos que tantos colombianos y caldenses acallados, por la fuerza y la exclusión, guardan en sus bocas cerradas. Son ególatras porque ven en el liderazgo y en el emprendimiento un suceso de “grandes hombres y mujeres”, como de una especie de elegidos, ignorando que ambos valores, más que actos a los que se llega con pasos preestablecidas, son una forma de vivir que deviene de la humillación del corazón más que del cálculo de la razón, son cualidades siempre inacabadas, son estados que hasta el más común de los mortales es capaz de alcanzar, sin dinero, sin apellidos, sin educación, e incluso sin contarle a nadie lo excelente líder o emprendedor que es.


Así pues, seguro dando fe del lavado de cerebro, o mejor, del lavado de corazón al que me han sometido algunos jesuitas desde hace tiempo, he arribado a una hipótesis: en Caldas los que hemos llegado a creer en la fantasía del lidermiento y del emprenderazgo, medianamente hemos querido conocernos a nosotros mismos, descubrir nuestra luz y aceptar nuestra penumbra; medianamente hemos sido ingeniosos y escasa virtud hemos tenido a la hora innovar, más si se tiene en cuenta que hemos venido siendo los segundos en materia de desempleo casi los mismos años que hemos estado hablando de emprenderazgo; pero las faltas más grandes han sido la inexistente inclinación hacia el amor y el heroísmo, pues por estas tierras pocos son los líderes y emprendedores que le ofrecerían al otro hasta la propia vida, y pocos los dispuestos a defender sus ideas hasta morir por ellas; incluso quienes ya lo han hecho desaparecen en el olvido.


En el futuro de Caldas sólo parece divisarse de nuevo el comienzo, encerrados una historia circular en la que nada ni nadie cambia, una en la que esta columna se reescribe y se vuelve a leer, una en la que, como lo diría Estanislao Zuleta, nuestro pueblo, al ser incapaz de organizar una esperanza razonable que se traduzca en una fuerza creciente, termina por confiar en el delirio de que va a llegar alguien y se va a transformar el mundo. Pero deseo con todas mis fuerzas equivocarme, porque guardo una verdadera esperanza emprendedora, la misma de Paul, John, George y Ringo: “All you need is love”.


En memoria de Orlando Sierra, un verdadero líder y emprendedor de Caldas.


Bogotá D.C. Marzo de 2009


(Periódico LA PATRIA. 24 de Marzo de 2009. Manizales - Caldas. Ver en: www.lapatria.com)

sábado, 21 de marzo de 2009

CONMEMORACIÓN DEL GRAN CRONOPIO

Algunos argentinos se reunieron en una de las avenidas de Buenos Aires para jugar a la rayuela al ritmo del jazz. Este hecho no sólo hace memoria de la vida y obra de uno de los escritores latinoamericanos más influyentes del siglo XX, sino que nos demuestra una vez más que lo fantástico es real.


Creí haber soñado que la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires estaba adornada con coloridas rayuelas y que muchos de los transeúntes jugaban como niños sobre el asfalto, tirando su piedra y saltando con un pie mientras el otro yacía en el aire para soportar la risa. Creí incluso haber soñado que para toda esa lúdica fantástica se había destinado un fondo musical, donde saxofonistas vestidos de blanco interpretaban los compases que mágicamente se extienden en el Bebop de Charlie Parker.


Esa fiesta que creí un sueño, me recordó a un latinoamericano que se consideraba ajeno al telurismo aldeano, a la histeria patriotera, por considerarlo como el preámbulo del negativo nacionalismo que se obstina en exaltar los “valores de la nación” sobre los valores sin adjetivos; un latinoamericano que aseveró que “la humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre”; un latinoamericano que estaba convencido que eran los libros los que debían culminar en la realidad y no ésta en aquéllos; un latinoamericano que creyó nunca escribir con apriorismos para minorías o mayorías, pero que aseguró hacerlo con una intencionalidad que apuntaba a “esa esperanza de un lector en el que reside ya la semilla del hombre futuro”; un latinoamericano que sentenció que la literatura debe participar obligatoria y responsablemente en la historia, siendo al menos testigo de ésta; un latinoamericano para quien la contemplación y la creación estéticas sin otro fin que el placer, no se justificaban éticamente teniendo en cuenta los problemas vitales de los pueblos.


Lo que creí un sueño, me recordó a un escritor para quien lo fantástico no fue lo sobrenatural o paranormal, sino un intersticio de lo que se cree determinado y delimitado, por el cual, en cualquier momento, se cuelan elementos inexplicables por la inteligencia razonante, por las leyes, por la lógica, o por la causalidad del tiempo y del espacio; una escritor que demostró que lo fantástico era un paréntesis, una percepción de lo real que desplaza la habitualidad de la razón y la forma de vivir desde Aristóteles.


Lo que creí onírico me recordó a un cuentista cuya visión de lo fantástico retó a Kant, debido a su inversión y polarización valorativa, toda vez que al comprobar su arbitrariedad, su fragilidad y su particularidad, puso en evidencia la falacia de los “universales” estáticos y completos, la falacia de la “gran costumbre”, demostrando así que la máxima que acepta que la condición de posibilidad de la realidad es la posibilidad de nuestro conocimiento, debe invertirse a raíz de la percepción fantástica, pues en ésta, dada la condición de imposibilidad de la realidad, se arriba siempre a la imposibilidad de nuestro conocimiento. Lo que creí onírico me recordó a un cuentista que demostró que lo fantástico era lo que para Slavoj Zizek se encarna en el “síntoma”: una elemento particular que subvierte su propio fundamento universal, una especie que subvierte su propio género, una excepción que rompe con la unidad de lo que se cree real y que deja al descubierto su falsedad.


Ese juego mágico que creí un sueño, me recordó a un cronopio que dentro de la literatura vio al cuento como el vehículo y la casa natural de lo fantástico; un cronopio que entendió al jazz y al tango como formas de narración marginada, que son excepción y subversión de la narración de lo que se cree real, de lo habitual, de lo universal, de lo que él mismo denominó “gran costumbre”; un cronopio que definió los cronopios como sujetos que no se dejan definir, sujetos que una vez se comienza a describirlos “ya ellos te han quitado la silla”, sujetos cuyas conductas se asimilan “a la del poeta, la del asocial, la de la gente que vive al margen de las cosas”; un cronopio que insinuó que quien vive y pregona la hegemonía de la “gran costumbre” es un fama; un cronopio que aún nos habla siempre que se lea sin pasividad; un cronopio que creía que el azar hacía mejor las cosas que la lógica; un cronopio que nunca aceptó las cosas como dadas, sino que creyó que en cada una empezaba “un itinerario misterioso”; un cronopio que escribió “Rayuela”; un cronopio que sólo tres meses después pudo volver a acompañar a su Osita en su viaje solitario; un cronopio que, según lo escribió Cristina Peri Rossi al saber de su muerte, “con la certeza de quien siempre estuvo del otro lado del espejo” sabía que no moriría.


Ese juego fantástico que creí un sueño, fue real, no lo soñé y sucedió en memoria de Julio Cortázar transcurridos veinticinco años desde ese 12 de Febrero de 1984, el día de su muerte.

Bogotá D.C., Marzo de 2009


(Periódico FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. I Trimestre 2009. Bogotá D.C.)

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miércoles, 11 de marzo de 2009

UNA VOZ

En una época ya lejana, cercana para los optimistas que aún así lo prefieren ver, la opinión caldense era pilar fundamental del direccionamiento de las políticas nacionales. Grandes pensadores, esos mismos que hoy vemos en la distancia temporal, alcanzaban a imponer algunas decisiones de la misma manera como lograban disuadir el derrumbamiento de otras. Hoy, de ellos, además de unas cuantas avenidas que llevan sus nombres, tan sólo nos han quedado palabras que se ven allá empolvadas a lo lejos del tiempo, tan distantes, que algunos a veces creemos que nacieron no sólo en otras épocas, sino en otras tierras. Tristemente al consumirse el tiempo, Caldas pasó a ser un departamento como cualquier otro de esta paradójica nación, una región donde se vive de la conformidad, de esa misma que sigue nombrando a Manizales como el mejor “vividero”; una región donde se parece vivir de una esperanza postergada, de una ilusión que hemos puesto en manos de la voluntad de unos pocos que día a día nos defraudan. Lo más angustioso es ver como toda una generación, a la que pertenezco, nació en un Caldas sin voz, en una tierra que perdió la palabra, porque con ellos se la llevaron caldenses como Gilberto Alzate, Otto Morales y Bernardo Jaramillo; esos mismos que nos enseñaron a adueñarnos de nuestra voz, esos que con ímpetu, desde sus radicales extremos políticos, no se dejaron nunca arrebatar sus palabras.


El error ha sido de una generación censurada que prefiere mantenerse alejada del discurso. En los tiempos que corren, vemos una sociedad caldense más adormecida que despabilada, una que parece haberse sentado a esperar a que las soluciones vengan de un cercano pero ajeno centro, y a que la voz sea tomada por unos embusteros domésticos, quienes mostrándose como una “nueva renovación”, no son más que otra de las hegemonías corruptas que parecen inmanentes a nuestra tierra. Hoy, y para nadie es secreto, existe una juventud en su mayoría perezosa frente a los temas regionales que exigen nuevas y buenas ideas. A Manizales se le pasa el tiempo siendo la “Ciudad Universitaria” de los universitarios mudos, de los universitarios politiqueros que por su juventud se creen más honorables, y de los universitarios que aún creen que con la típica protesta de marcha y papabomba, se puede conmover una sociedad no sólo inerte, sino enceguecida con lo intrascendente y ensordecida con males tan profundos como la migración, el estancamiento y el desempleo.


Es injusto dejar de destacar gestiones que las nuevas generaciones del departamento han hecho realidad, pero prefiero mi terquedad para creer que nada ha sido suficiente, porque sólo así esta voz llegará a corazones callados pero indómitos, a corazones dispuestos a tomarse los espacios necesarios para exponer y hacer oír las voces propias, a corazones decididos a arrebatarle la palabra a quienes nos engañaron con su quimérica renovación política y social.


Cuando pienso en que la voz de Caldas ha sido tomada por dueños indeseables, recuerdo lo asombroso que ha sido el fenómeno generado por Sergio Fajardo en el seno de la juventud manizaleña. Me considero un admirador suyo, pero veo con preocupación la posibilidad de que el discurso provocador que en sí mismo encarna, sea cooptado por quienes durante tanto tiempo, más de lo que tengo de vida, han retenido el poder de la palabra para su beneficio. Temo que toda esa energía de dichos jóvenes pueda terminar desgastándose al servicio de quienes en la región se oponen al cambio estructural, aquellos que siempre han estado dispuestos a montarse en el bus de los ganadores, tan sólo con el fin de aprovecharse de otra imagen fresca que les habrá de facilitar el discurso que requiere su malintencionado objetivo: la conservación de su poder económico y político en detrimento del avance de la región. Ojalá este grupo de jóvenes, la mayoría de ellos autoproclamados como emprendedores, no caiga en otra de las trampas engañosas que esta indeseada clase social les ha sabido tender; ojalá comprendan que para la región, el emprendimiento verdadero no puede patrocinarse desde el sector que menos quiere ver amenazados sus balances económicos y electorales, simplemente porque el emprendimiento real debe ser en sí mismo desestabilizador y renovador.


Los caldenses de hoy somos una generación sin voz a la que las palabras de los brillantes antepasados se nos empolvaron en la mente y se nos atascaron en la garganta, es hora, más que de retomar esas ideas del pasado de Caldas, de volver a imaginar y a pregonar sueños. Es posible volver a poner la voz del departamento en su lugar, encaminarla hacia la justicia y el progreso, pero esta vez debe hacerse con la voluntad de una generación decidida a edificar una verdadera visión de lo que siempre debimos ser, una extraordinaria región resuelta a no enmudecer.

BOGOTÁ D.C., FEBRERO DE 2009

(Periódico LA PATRIA. 14 de Febrero de 2009. Manizales - Caldas.)

lunes, 26 de enero de 2009

SUSPIROS EN EL ESPEJO

A quien sólo con suspiros ama.


Ya sólo quedaba esperar a que me abrazara la muerte que a mi lado estaba. Esa tierra, en complicidad con el tiempo, me había ido arrebatando todo con la misma tenacidad con la que todo me lo había dado; sin embargo una injusticia divina hubiera sido embarcarme en el desagradecimiento, pues esa vida cómoda, inútil, había transcurrido ya en su mayor parte brindándome más de lo que yo había ofrecido. Mientras los años, con sus números mayores, traían consigo la fatalidad y la certeza de lo vivido, el tiempo mientras más se acercaba a su deceso, más temeroso caminaba, más lento convertía su andar.


Mientras que con su recuerdo compartía la soledad de mi corazón, y con Lucrecio compartía la soledad de esa casa, pasaba los días observando ese parque que al frente de mi ventana siempre había estado, cuyos árboles y bancos parecieron invisibles por mucho tiempo, hasta que se convirtieron en el encanto mismo de mis monótonos anocheceres. No obstante, esas últimas noches las había pasado viéndolos. Había tenido que observar cómo siempre asían sus manos, cómo tomaban al final de cada tarde uno de los bancos como soporte de su cariño y sus besos. Ni siquiera la aventura de morir me había quedado, sólo verlos.


Allí venían de nuevo. Mientras caía la tarde los vi llegar una vez más. Juntaban sus manos con fuerza. Ella, en su otra mano, traía la rosa más grande que jamás he visto, mientras que él, arrimándose al banco de siempre, removía del contorno de su boca diminutos trozos del chocolate que ella le acababa de regalar al recogerla en su casa. Se sentaron, se acomodaron de tal forma que nunca se dejaban de mirar; mientras los ojos de él se advertían distraídos, como esos que se pierden en la lucha del pensamiento contra el tiempo, los de ella se mantenían firmes con esa tenacidad que sólo se logra cuando se siente que cada instante es el último.


Divino Señor, si hubiera recordado disfrutar los días al lado de él, como si cada uno de ellos fuera el último, talvez no me hubiera atormentado de la misma forma esa sensación de no acordarme de algo pendiente, de creer siempre que algo había dejado al salir (al salir de mi cama, al salir del baño, al salir de mi casa al antejardín con mi enfermera). Si hubiera sabido que me iba a dejar tan pronto, y digo pronto no por el tiempo que hayamos vivido sino por el tiempo que su muerte antecedió a la mía, seguro no hubiera dejado que los últimos años se encerraran en una cotidianidad circular de palabras que se repetían, de resabios que ya no resquebrajaban la normalidad y de nostalgia que obligaba a recordar lo perdido (sabiendo qué era lo perdido pero no lo que se debía recordar).


Hubieras visto cómo tomaba sus manos. Hablaban de cosas mundanas esperando que sus corazones fueran los que se perdieran en el infinito, acariciaban todo lo que no se conformaban con tan sólo ver; ella rozaba con una mano el cuello de él, mientras éste pasaba con suavidad uno de sus dedos por el arco de la nariz de ella. (Si hubieran sabido que a mí tan sólo me quedaba acariciar el cuello de Lucrecio, mientras éste me compartía nada más que su ronronear).


Continuaron hablando, dejando que entre una que otra frase se colara un beso que siempre a alguno de los dos tomaba desapercibido. Se acomodaban y reacomodaban en el banco. El viento frío soplaba mientras la Luna los adornaba. Las nubes deformes pasaban sobre sus cabezas y la lluvia se olvidó que debía caer. De vez en cuando él se ponía de pie para recrear su narración. Se reían como niños.


Esa, como todas las noches, alcanzaron a divisarme. Siempre fueron concientes de mi distante presencia espectadora. Ellos creían que eran quienes interrumpían mi encuentro con la noche, pero desconocían que era yo quien esperaba el final de la tarde para arrebatarles lo único que realmente les pertenecía. Al principio, con un dejo de lástima, pensaron que era una de esas viejas chifladas cuyas enfermeras apoltronan en la ventana, junto a sus gatos, para que consigan algo de entretenimiento durante el día, persiguiendo la mutación de las sombras y viendo el rodar de un mundo al que sus desgastadas mentes y sus trajinados corazones ya no les permiten acceder. Pero después no dudaron de mi conciencia a pesar del tiempo tallado en mi cuerpo, y entonces sospecharon que me escandalizaba por lo que desde lejos los veía hacer. Así, los Viernes dieron espera a sus deseos hasta que yo cerraba la cortina en honor a su amor; los Sábados prefirieron marcharse debido a que mis ánimos de vengar su muerte, de vengar el paso de los años, trababan el cordel del cortinero para frustrar esa felicidad ajena; hasta que los Domingos, como ese, burlaron mi venganza y enfrentaron su pena de compartir conmigo sus caricias y sus besos. Sabíamos que sus labios perturbaban tanto los míos como los de su amada.


Pasaron minutos, no sólo un par sino varios, pero fui yo quien se percató de ello. Se prepararon para partir, se pusieron de pie, se sumergieron en un abrazo y de inmediato voltearon para corroborar si persistía allí, observándolos. Sospecharon que divisaba una realidad que ya no me pertenecía, un estado que ya nunca más entendería. Pero entendía lo suficiente: reconocía que sola me había quedado y que mi amor rebosaba un recuerdo. Entendía que la muerte desde hacía algunas noches se sentaba a mi lado y de mí se burlaba. Pero esa vez fue distinto, porque esa noche ya no me hizo suspirar de amor habiéndome prometido hacerme suspirar de muerte. En esa ocasión, fue en honor a mi muerte que por última vez me hizo suspirar de amor.


Él, de pie, tomando la blanca mano de ella, después de ofrecerme desde lo lejos su particular sonrisa forzada, besó sus labios con fuerza, con esa pasión con la que solía robarse mi alma. Ella sólo suspiró, preciso como él me hacía suspirar. Suspiró mientras yo suspiraba. Suspiré mientras ella suspiraba. La besó mientras era yo la que suspiraba. Era sólo un suspiro, una pérdida ínfima del aliento… Sí, así es, ella suspiró, perdió el aliento, y yo sólo dejé de respirar.

BOGOTÁ DC. OCTUBRE.2008

BOGOTÁ DC. ENERO.2009

martes, 30 de septiembre de 2008

HELENA Y PETER PAN: UNA POLÍTICA DE AMOR

Las dos cosas más importantes en la vida son, en su estricto orden, el amor y la política.
Otto Morales Benítez

Estimado doctor:

He querido empezar con esta cita del maestro caldense, para señalar que si bien, como usted lo cita, a la gente le gusta hablar de lo que menos sabe, del amor y de la política, lo hace simplemente porque ambas son la vida misma; y si se dice que de ello poco saben, es porque ambas, como la vida, encuentran poco de su verdad en la razón.
Debo ser yo quien dé respuesta a su opinión publicada por este medio, puesto que he sido en gran medida el culpable de que a lo largo de este año se haya abierto camino una expresión que late de manera tímida en los pasillos de nuestra facultad: “El desamor del Derecho”. Por mi parte aún no puedo cambiar de posición, puesto que todavía veo como para la mayoría de nosotros, los operadores jurídicos, el Derecho es más un instrumento de supervivencia y acumulación que una herramienta de construcción de armonía. Veo con tristeza como los estudiantes preferimos una simple transmisión de información útil para el propio desempeño laboral, en vez de adentrarnos de lleno al conocimiento jurídico para construir lo que no se ha hecho.

Dar a entender que poco podemos nosotros los estudiantes hablar del amor al Derecho, por ser quienes apenas estamos conociendo su mundo, es una posición nada más que fundada en la terquedad de la experiencia, en el pensamiento que otorga un valor infundado a lo vivido; es en cierta forma afirmar que nuestra generación, debido a su incredulidad según usted, tan sólo debe esperar a entrar del todo en el mundo jurídico como esperó la suya, para poder por fin hablar de lo que es el real amor al Derecho; pero creo que esto llevaría a que mi generación le entregara al país tanto como le entregó la suya, sólo por culpa de no creerle a ese amor a primera vista en el que usted hoy aún poco confía.

No creo que la opción nuestra sea una vez más quedarse a esperar a que la sabiduría de los años nos muestre el verdadero sentido de un sentimiento, a que nos señale un camino que han seguido ya varios pudiendo nosotros, con ese mismo sentimiento que abrazaba nuestros corazones el primer día de universidad, comenzar a construir uno nuevo que a algún destino distinto nos habrá de llevar.

Me quedo con esa visión del Derecho que tienen muchos de los primíparos y pocos de los maestros, esa visión cuyo amor se encarna en el deseo de transformación, solidaridad y dignidad. Prefiero construir mi vida en un Derecho que parta de eso que, como bien puede recordarlo el fiel lector de FORO, aprendí de Helena: optar siempre por el amor que pone la esperanza en los sueños por cumplir, en vez de quedarse elaborando un amor calculado que no servirá para nada distinto que hacernos creer que hemos obrado bien, cuando tan sólo hemos servido a nuestros propios intereses.

Ojalá siempre en el Derecho sea un Peter Pan, más que por no querer crecer, por crecer sin dejar de ser niño, sin dejar de amar, sin esperar mayor recompensa. Sueño en convertirme en abogado sin olvidar esos sueños puros del primer día de universidad, esos sueños que estoy seguro usted guarda en el fondo de su corazón y que antes ha sido el paso de los años lo que los ha empolvado. ¡Ojalá haya más niños perdidos por ahí!

MANIZALES. SEPTIEMBRE. 2008
(FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. III Trimestre 2008. Bogotá DC.)