lunes, 26 de enero de 2009

SUSPIROS EN EL ESPEJO

A quien sólo con suspiros ama.


Ya sólo quedaba esperar a que me abrazara la muerte que a mi lado estaba. Esa tierra, en complicidad con el tiempo, me había ido arrebatando todo con la misma tenacidad con la que todo me lo había dado; sin embargo una injusticia divina hubiera sido embarcarme en el desagradecimiento, pues esa vida cómoda, inútil, había transcurrido ya en su mayor parte brindándome más de lo que yo había ofrecido. Mientras los años, con sus números mayores, traían consigo la fatalidad y la certeza de lo vivido, el tiempo mientras más se acercaba a su deceso, más temeroso caminaba, más lento convertía su andar.


Mientras que con su recuerdo compartía la soledad de mi corazón, y con Lucrecio compartía la soledad de esa casa, pasaba los días observando ese parque que al frente de mi ventana siempre había estado, cuyos árboles y bancos parecieron invisibles por mucho tiempo, hasta que se convirtieron en el encanto mismo de mis monótonos anocheceres. No obstante, esas últimas noches las había pasado viéndolos. Había tenido que observar cómo siempre asían sus manos, cómo tomaban al final de cada tarde uno de los bancos como soporte de su cariño y sus besos. Ni siquiera la aventura de morir me había quedado, sólo verlos.


Allí venían de nuevo. Mientras caía la tarde los vi llegar una vez más. Juntaban sus manos con fuerza. Ella, en su otra mano, traía la rosa más grande que jamás he visto, mientras que él, arrimándose al banco de siempre, removía del contorno de su boca diminutos trozos del chocolate que ella le acababa de regalar al recogerla en su casa. Se sentaron, se acomodaron de tal forma que nunca se dejaban de mirar; mientras los ojos de él se advertían distraídos, como esos que se pierden en la lucha del pensamiento contra el tiempo, los de ella se mantenían firmes con esa tenacidad que sólo se logra cuando se siente que cada instante es el último.


Divino Señor, si hubiera recordado disfrutar los días al lado de él, como si cada uno de ellos fuera el último, talvez no me hubiera atormentado de la misma forma esa sensación de no acordarme de algo pendiente, de creer siempre que algo había dejado al salir (al salir de mi cama, al salir del baño, al salir de mi casa al antejardín con mi enfermera). Si hubiera sabido que me iba a dejar tan pronto, y digo pronto no por el tiempo que hayamos vivido sino por el tiempo que su muerte antecedió a la mía, seguro no hubiera dejado que los últimos años se encerraran en una cotidianidad circular de palabras que se repetían, de resabios que ya no resquebrajaban la normalidad y de nostalgia que obligaba a recordar lo perdido (sabiendo qué era lo perdido pero no lo que se debía recordar).


Hubieras visto cómo tomaba sus manos. Hablaban de cosas mundanas esperando que sus corazones fueran los que se perdieran en el infinito, acariciaban todo lo que no se conformaban con tan sólo ver; ella rozaba con una mano el cuello de él, mientras éste pasaba con suavidad uno de sus dedos por el arco de la nariz de ella. (Si hubieran sabido que a mí tan sólo me quedaba acariciar el cuello de Lucrecio, mientras éste me compartía nada más que su ronronear).


Continuaron hablando, dejando que entre una que otra frase se colara un beso que siempre a alguno de los dos tomaba desapercibido. Se acomodaban y reacomodaban en el banco. El viento frío soplaba mientras la Luna los adornaba. Las nubes deformes pasaban sobre sus cabezas y la lluvia se olvidó que debía caer. De vez en cuando él se ponía de pie para recrear su narración. Se reían como niños.


Esa, como todas las noches, alcanzaron a divisarme. Siempre fueron concientes de mi distante presencia espectadora. Ellos creían que eran quienes interrumpían mi encuentro con la noche, pero desconocían que era yo quien esperaba el final de la tarde para arrebatarles lo único que realmente les pertenecía. Al principio, con un dejo de lástima, pensaron que era una de esas viejas chifladas cuyas enfermeras apoltronan en la ventana, junto a sus gatos, para que consigan algo de entretenimiento durante el día, persiguiendo la mutación de las sombras y viendo el rodar de un mundo al que sus desgastadas mentes y sus trajinados corazones ya no les permiten acceder. Pero después no dudaron de mi conciencia a pesar del tiempo tallado en mi cuerpo, y entonces sospecharon que me escandalizaba por lo que desde lejos los veía hacer. Así, los Viernes dieron espera a sus deseos hasta que yo cerraba la cortina en honor a su amor; los Sábados prefirieron marcharse debido a que mis ánimos de vengar su muerte, de vengar el paso de los años, trababan el cordel del cortinero para frustrar esa felicidad ajena; hasta que los Domingos, como ese, burlaron mi venganza y enfrentaron su pena de compartir conmigo sus caricias y sus besos. Sabíamos que sus labios perturbaban tanto los míos como los de su amada.


Pasaron minutos, no sólo un par sino varios, pero fui yo quien se percató de ello. Se prepararon para partir, se pusieron de pie, se sumergieron en un abrazo y de inmediato voltearon para corroborar si persistía allí, observándolos. Sospecharon que divisaba una realidad que ya no me pertenecía, un estado que ya nunca más entendería. Pero entendía lo suficiente: reconocía que sola me había quedado y que mi amor rebosaba un recuerdo. Entendía que la muerte desde hacía algunas noches se sentaba a mi lado y de mí se burlaba. Pero esa vez fue distinto, porque esa noche ya no me hizo suspirar de amor habiéndome prometido hacerme suspirar de muerte. En esa ocasión, fue en honor a mi muerte que por última vez me hizo suspirar de amor.


Él, de pie, tomando la blanca mano de ella, después de ofrecerme desde lo lejos su particular sonrisa forzada, besó sus labios con fuerza, con esa pasión con la que solía robarse mi alma. Ella sólo suspiró, preciso como él me hacía suspirar. Suspiró mientras yo suspiraba. Suspiré mientras ella suspiraba. La besó mientras era yo la que suspiraba. Era sólo un suspiro, una pérdida ínfima del aliento… Sí, así es, ella suspiró, perdió el aliento, y yo sólo dejé de respirar.

BOGOTÁ DC. OCTUBRE.2008

BOGOTÁ DC. ENERO.2009

martes, 30 de septiembre de 2008

HELENA Y PETER PAN: UNA POLÍTICA DE AMOR

Las dos cosas más importantes en la vida son, en su estricto orden, el amor y la política.
Otto Morales Benítez

Estimado doctor:

He querido empezar con esta cita del maestro caldense, para señalar que si bien, como usted lo cita, a la gente le gusta hablar de lo que menos sabe, del amor y de la política, lo hace simplemente porque ambas son la vida misma; y si se dice que de ello poco saben, es porque ambas, como la vida, encuentran poco de su verdad en la razón.
Debo ser yo quien dé respuesta a su opinión publicada por este medio, puesto que he sido en gran medida el culpable de que a lo largo de este año se haya abierto camino una expresión que late de manera tímida en los pasillos de nuestra facultad: “El desamor del Derecho”. Por mi parte aún no puedo cambiar de posición, puesto que todavía veo como para la mayoría de nosotros, los operadores jurídicos, el Derecho es más un instrumento de supervivencia y acumulación que una herramienta de construcción de armonía. Veo con tristeza como los estudiantes preferimos una simple transmisión de información útil para el propio desempeño laboral, en vez de adentrarnos de lleno al conocimiento jurídico para construir lo que no se ha hecho.

Dar a entender que poco podemos nosotros los estudiantes hablar del amor al Derecho, por ser quienes apenas estamos conociendo su mundo, es una posición nada más que fundada en la terquedad de la experiencia, en el pensamiento que otorga un valor infundado a lo vivido; es en cierta forma afirmar que nuestra generación, debido a su incredulidad según usted, tan sólo debe esperar a entrar del todo en el mundo jurídico como esperó la suya, para poder por fin hablar de lo que es el real amor al Derecho; pero creo que esto llevaría a que mi generación le entregara al país tanto como le entregó la suya, sólo por culpa de no creerle a ese amor a primera vista en el que usted hoy aún poco confía.

No creo que la opción nuestra sea una vez más quedarse a esperar a que la sabiduría de los años nos muestre el verdadero sentido de un sentimiento, a que nos señale un camino que han seguido ya varios pudiendo nosotros, con ese mismo sentimiento que abrazaba nuestros corazones el primer día de universidad, comenzar a construir uno nuevo que a algún destino distinto nos habrá de llevar.

Me quedo con esa visión del Derecho que tienen muchos de los primíparos y pocos de los maestros, esa visión cuyo amor se encarna en el deseo de transformación, solidaridad y dignidad. Prefiero construir mi vida en un Derecho que parta de eso que, como bien puede recordarlo el fiel lector de FORO, aprendí de Helena: optar siempre por el amor que pone la esperanza en los sueños por cumplir, en vez de quedarse elaborando un amor calculado que no servirá para nada distinto que hacernos creer que hemos obrado bien, cuando tan sólo hemos servido a nuestros propios intereses.

Ojalá siempre en el Derecho sea un Peter Pan, más que por no querer crecer, por crecer sin dejar de ser niño, sin dejar de amar, sin esperar mayor recompensa. Sueño en convertirme en abogado sin olvidar esos sueños puros del primer día de universidad, esos sueños que estoy seguro usted guarda en el fondo de su corazón y que antes ha sido el paso de los años lo que los ha empolvado. ¡Ojalá haya más niños perdidos por ahí!

MANIZALES. SEPTIEMBRE. 2008
(FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. III Trimestre 2008. Bogotá DC.)

EL DÍA DEL PITAZO FINAL

El Gol es algo tan sagrado que las profanas manos del Derecho difícilmente pueden alcanzar; pero poco importa cuando hay un reglamento por aplicar.

Pienso “deque” es un orgullo para mí, atendiendo a la confianza que me ha brindado “el profe”, tener la oportunidad de, además de “venir a aportarle al equipo lo que uno sabe”, exponerles el momento histórico que he presenciado y que ha partido en dos, o más bien en 22 más un arbitro con balón, la historia del Derecho. Tengo el honor de, mas que de hacer parte de “la seletción”, contarles como el Derecho ha tenido la gracia divina de recibir en su nómina histórica (“el fantasma” Hammurabi, “el patrón” Justiniano, Bartolomeo “el saxo” Ferrato, Hans “el mono” Kelsen, Duncan “pikiña” Kennedy, entre otros) toda la experiencia que ha venido a ofrecerle el deporte más popular del mundo, el fútbol; quizás lo más “popular” en que los abogados participamos.

Roberto Fontanarrosa, un escritor y caricaturista argentino sometido a la crueldad de la locura por el fútbol, antes de morir tuvo la oportunidad de enseñarnos que quienes hemos asistido en vivo y en directo, o en televisivo e indirecto, a la definición por penales que permitirá a nuestro equipo seguir en la Copa Libertadores, debemos tomar conciencia de que si hemos sobrevivido a ello, a superar la muerte a cada disparo desde los doce pasos, tenemos asegurado un futuro de fortaleza física y mental inapelable. Él estaba convencido de que el fútbol estaba creando una raza mejor y más fuerte, tal como las cucarachas que sobreviven incluso a explosiones atómicas, tal como los hinchas de Millonarios que aún viven sin verlo campeón, tal como los que aún no pasan el preparatorio de Derecho Privado.

Pero vaya sorpresa lo que no pudo Fontanarrosa ver: ¡Abogados jugando fútbol! Sí, dizque jugando fútbol. Sí, dizque abogados. El maestro argentino se equivocó en parte, pues si bien el fútbol venía depurando la especie humana, es en este punto donde ya podría hablarse del punto culminante de la evolución: Un abogado de guayos y “cortos”, mostrando las “pálidas” e intentando dominar un balón con los pies. Somos tan superiores que no necesitamos meter goles para ganar, pues con sólo el reglamento logramos eliminar contrarios; obvio, sí sabemos cuando es que la forma debe primar sobre la sustancia. El arbitro para nosotros es poca cosa, siempre existe la forma de persuadirlo, de engañarlo, de insultarlo (o sus espaldas generalmente), de comprarlo en casos extremos, o de interponerle un recurso de reposición (bueno aún no, pero uno nunca sabe con lo de la Reforma de la Justicia); el “de negro” no nos amedrenta, somos los abogados quienes sabemos cómo es que se actúa ante un juez.

Fútbol y Derecho, muy juntos aunque no lo crean, es algo que enorgullece el Derecho pero que al parecer profana el fútbol, puesto que aún, siendo la raza superior de quienes dominamos la “pecosa” mientras en el camerino nos espera el Estatuto Tributario, no conseguimos salir airosos al acercarnos a algo tan sagrado como el Gol, eso sí, no es por culpa de nuestra inhabilidad deportiva, sino porque aún no encontramos la vía (“de hecho”) para solucionar nuestra débil ofensiva. Lo que por ahora me queda claro, es que en el fútbol como en el Derecho, puede ser una mentira la fantasía popular de que la sabiduría viene con los años, además de que nos enseñan, ambos, a no estar seguros de nada, a dudar de todo: en el fútbol “nada está escrito”, y en el Derecho hay que “esperar la jurisprudencia de la Corte”.

¡Pero Roberto algo pasa! Sé que estabas convencido de que el fútbol, como las mujeres, es, en principio, inexplicable; leímos como aseguraste que “por fortuna, Dios, en su infinita sabiduría, mantiene a las mujeres algo alejadas del más popular de los deportes”; sólo vos podías estar seguro de que “sería extenuante, indudablemente, procurar entender ambos fenómenos al mismo tiempo”; sin embargo si estuvieras vivo te sorprenderías como las mujeres se acercan cada vez más a la “grama” y a la “tribuna”, pero no sólo mujeres Roberto, también abogadas. Un fantasma recorre el mundo, algo está cambiando Roberto, ojalá te quedes allá disfrutando de la eternidad mientras el mundo se hace llamas.

BOGOTÁ DC. SEPTIEMBRE. 2008
(FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. III Trimestre 2008. Bogotá DC.)

LA FIESTA DEL TORO

Fue en una tarde lluviosa donde vi por primera vez cómo la nobleza y la valentía eran más importantes que la sangre derramada en el ruedo. Será en una tarde lluviosa donde, sin poder explicarlo, lloraré la belleza y la bravura antes que la muerte.

Era una tarde propia de enero, o mejor, una tarde de enero propia de Manizales, una de esas en las que al alegre sol lo sorprende la presentida lluvia. Llovía a cántaros sobre la arena, igual sobre los espectadores que hacia ella poníamos nuestras miradas, y la idea que no abandonaba mi mente de niño era por qué el que construyó la plaza de toros no fue tan inteligente como el que hizo el estadio de fútbol, ¿cómo fue que no se le ocurrió inventarse un techo?

Obvio, para mí, con mi corta edad, ir a una corrida de toros en la Monumental era un plan tan sencillo como ir a un partido del Once Caldas en el Palogrande. Para ambos se llevaba el respectivo cojín publicitario de la licorera, se llevaba el impermeable que habría de protegernos de la inclemencia de la fiel lluvia, mi papá se terciaba su radio en el cuello y mi mamá nos despedía desde la puerta con rezos al infaltable Espíritu Santo; algo sí cambiaba para ir a los toros, la ausencia de la gloriosa camiseta blanca y la presencia de una “bota” que no era para los pies sino que se llevaba al hombro y en cuyo interior se portaba un secreto que mi papá compartía con los del lado en la grada pero nunca conmigo.

Y fue esa tarde lluviosa, esa misma en la que vi a mi padre llorar de la emoción por culpa de los infinitos “naturales” de José Tomás, en la que, ahora comprendo, comenzó mi vida en una tradición cuya complejidad misma la hace inexplicable, en algo que escapa a la razón tal y como hoy no se explica mi necesidad de vestirme, de comer lo que como, de vivir en democracia, de adquirirlo todo con dinero y de hablar y escribir exactamente con los mismos símbolos con los que me entienden. Esa tarde nunca imaginé que mi papá me inducía en un mundo de magia irracional, en un mundo que nunca se acaba de conocer, en un mundo que requiere de un gusto que ni siquiera en este artículo podrá nadie comprender.

Es la fiesta del toro, esa misma que aterró y después enamoró a Hemingway, a la que hoy se le reclama que deje atrás el salvajismo y la violencia, para darle paso al respeto por la vida y por la naturaleza; pero de algo no se han percatado, nosotros en el ruedo nada de eso vemos, sencillamente experimentamos todo lo contrario: armonía, belleza y respeto por el toro. Para el buen taurino es más importante la nobleza y la bravura del toro que su sangre y su muerte. ¿Cómo se explica eso? ¿Cómo se explica su carácter cultural?

A lo mejor estaría bien acudir a argumentos jurídicos, pero en mi humilde opinión el hecho de que se señale legalmente a la tauromaquia como valor integrante del patrimonio cultural de la Nación puede no ser muy diciente de la verdad popular, más cuando hoy por hoy resulta tan discutible la representatividad de nuestro cómico Congreso. Por eso hoy renunciaré a mi carácter de estudiante de derecho, hecho que me facultaría para dar por terminada la discusión ante un argumento fundado en el ordenamiento jurídico, y optaré por poner mejor sobre la mesa algunas razones un poco más serias: fui un niño que vio llorar a su padre en su primera corrida, con él seguí yendo, y hoy siento los toros como parte de mi vida.

A esas recurrente pregunta que mis conocidos me hacen para indagar la razones por las cuales considero las corridas de toros como algo cultural, sólo he conseguido responder, el igual número de veces, con preguntas: ¿Por qué ese mismo niño que al ver el asesinato de un cerdo lloró hasta perder las lágrimas en diciembre, fue capaz, en enero de resistir la masacre de cerca de 40 toros en tan sólo una semana? ¿Será que yo era ecologista en diciembre y enero me daba un repentino ataque de crueldad y sadismo? Sólo he atinado a responder con preguntas por la impotencia que me produce ver cómo, ante la incuestionable muerte de un ser vivo, miles de personas acuden a las plazas de toros a disfrutar de un “pase” bien logrado en vez del derramamiento de sangre, a contemplar a un toro que deberá tratarse con respeto incluso después de su muerte.

A esta paradoja pocas salidas pueden encontrársele, pocas respuestas pueden explicársele, y quizás el taurino que pretenda hacerlo no pasará de ser un pretencioso. Quizás por eso es que resulta tan desdeñable toda discusión entre antitaurinos y taurinos, pues mientras éstos intentan razonar con lo irrazonable aquéllos creen conocer las razones de éstos. Para quienes es tan sólo un negocio, sólo cabe decirles que es tan negocio como cualquier arte al cual el capitalismo se ha llevado en su cauce. Quienes consideran que es sólo para ricos, sería bueno que conocieran un poco de la fiesta del toro por fuera de la Santamaría de Bogotá, acudir quizás a una corrida en Duitama o Sogamoso, o en algún recóndito pueblo de La Castilla española. Para quienes allí sólo se acude a exponer los privilegios del privilegiado, puedo presentarles al “Loco Darío”, un manizaleño humilde que con el fruto de su trabajo anual consigue un abono con el que podrá ir a ver los toros, únicamente por amor. Para quienes creen que se hace a costa de indefensos animales, a pesar de su acierto, deben preguntarse cuál sería la vida de estos animales si las corridas dejaran de existir. Para quienes creen conocer las razones por las que las corridas existen, sólo resta admirarlos, estoy seguro que nosotros los taurinos pocas conocemos. A quienes creen que por su multitudinario rechazo no puede catalogarse de cultural, debe advertírseles que la cultura recae sobre las diferentes concepciones del mundo y tradiciones artísticas, entre ellas incluso las que no responden a los parámetros sociales predominantes en cuanto a raza, religión, lengua y folclor.

El razonamiento antitaurino representa la típica “solidaridad” de Occidente frente al mundo, ese mismo valor loable que, a la manera de Pizarro y de la Inquisición, llevó la democracia a Irak, le brindó derechos a la mujer musulmana, erradicó la odiosa práctica de los emberas de cortar el clítoris a sus mujeres, y consolida con el paso del tiempo el trato “humanitario” para los animales. Esa idea occidental de pretender explicar, a partir de los valores de la cultura propia, la barbaridad de la ajena; esa idea de querer expandir nuestros buenos valores para erradicar esos misteriosos que no podemos explicar y que no nos resultan convenientes. Quizás lo que más incomoda a los antitaurinos, es decir a la mayoría de la humanidad, no es el acto en sí mismo, si no la imposibilidad de explicar su existencia como valor cultural de una minoría social. Es obvio, incluso los taurinos sólo podemos, en últimas, acudir a argumentos irracionales e incógnitos, como bien lo afirmó Camilo José Cela: “El toreo es un arte misterioso, mitad vicio y mitad ballet. Es un mundo abigarrado, caricaturesco, vivísimo y entrañable el que vivimos los que un día soñamos con ser toreros.

Aquí la intención era pretender justificar la existencia de la tauromaquia y defenderla, pero al encontrarme con aquel niño que hoy acude a las corridas por simple placer y gusto, reconocí que el arraigo cultural de este mundo es tal, que quien pueda explicarlo es porque más bien tiene un pie fuera de éste. Es esa inexplicable razón por la que Hemingway se enamoró, por la que describió los toros como una acto moral en razón de su placer; es ese mundo que cautivó a Orson Welles hasta tal punto que pidió ser enterrado en la finca de una de los más grandes toreros españoles; es ese sello que llevo en el pecho, que no puedo ver ni oír, que me hace amar los toros sin poderlos explicar.

Quizás desparezcamos en la historia como el último vestigio de bárbaros crueles occidentales, pero solo sé que a mi abuelo le gustaban los toros, a mi padre le gustaban los toros, y a mí también. Hoy soy yo quien llora con los “naturales” de Morante de la Puebla.



Bogotá D.C./Manizales, septiembre de 2008

Bogotá D.C., julio de 2010


(Una primera versión de este artículo fue publicada en FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. III Trimestre 2008.)

domingo, 10 de agosto de 2008

UN HOMBRE DE HIELO SIN TEMOR AL FRÍO

Conocí de un hombre cuyo corazón era de hielo. No lo dicen porque fuera de carácter frío y menos porque no sucumbiera ante los sentimientos que sabemos cálidos, más bien me cuentan que a pesar de los témpanos de hielo que moraban en el centro de su pecho, era un hombre de mágica sonrisa y de plenitud envidiable. Algunos sí me hablaron de sus memorables abrazos, que siendo los más fantásticos del pueblo, lograban que tiernas sonrisas adornaran los rostros de quienes desfallecían en la lucha cotidiana y se atrevían a verse atrapados en sus brazos.

Narran que la calidez de sus abrazos curaban de forma recurrente las múltiples desdichas del lechero, quien sin hacer caso a las advertencias, tenía que soportar el repentino rechazo de las mismas amas de casa que alguna vez dijeron quererlo ¡Obvio, eran casadas!
Cuentan también que uno de sus abrazos logró que los enfermos de la peste bailaran, pero no creas que fue porque sus brazos rodearon a todos de una sola vez, sólo abrazó a uno de ellos, preciso al que le dio por bailar con quien lo había contagiado ¡Preciso el que no sabía cuál de todos los enfermos había sido!
También llegaron a mis oídos la vez que abrazó una prostituta que después se enamoró y tuvo 10 hijos, y la vez que abrazó a uno de sus hermanos, quien, reconociendo su incapacidad para amar como “Dios manda” a una mujer, fue y se convirtió en un soldado de Cristo. ¡Ah! Y la vez que abrazó un indigente, quien poco después, dicen algunos no estar seguros, volvió a creer en el amor.

Debo reconocer que al principio no comprendía la paradoja que encerraban el enigmático frío de su corazón y el mágico calor de sus brazos. Intenté en primer lugar, y fui pretencioso lo acepto, investigar por mis propios medios, que para entonces no era nada diferente a mi lógica y mis sentidos, la razón que permitió que este hombre anduviera como cualquier mortal por este mundo, al tiempo que prodigaba dicha a tantos como un ángel benefactor. Sabía en el fondo que jamás podría conocerlo. A pesar del fantástico e increíble desenlace narrado por los lugareños, creo que mi alma se dejó cautivar por la historia, en parte, más que por su belleza por la sublime mirada de todos quienes de él hablaban. No entendía de donde venía tanta veneración, no entendía la paradoja de su existencia en caso de que fuera real todo lo fantástico que me habían relatado.

Era obvio que mi fracaso sería rotundo. Encerrarme en divagaciones biológicas, sociológicas y hasta políticas no fue tan buena opción como continuar oyendo lo que de la lengua popular provenía. Preferí revelarle a quien pasara por mi lado la imposibilidad médica de la historia, en vez de preguntarle la explicación que tenía para dicho fenómeno natural; preferí indagar por la causa social que había permitido que toda una comunidad se reuniera en torno a un mito como aquel, en vez de preguntar si alguna vez lo habían visto; preferí descubrir cuál era la conspiración política que se escondía detrás de esa historia, que consideraba inducida en su conciencia colectiva, en vez de preguntarles dónde lo podía encontrar.

Si después de mucho tiempo renuncias a tus cavilaciones médicas, pregúntales qué explicación tienen, y oirás como dicen que su corazón era tan grande y fuerte que se mantenía congelado para mantener concentrado en sí mismo, el frío que cuando se encuentra la pasión recorre los cuerpos de los hombres ordinarios. Ese frío del que los más machos se abrigan debajo de palabras presuntuosas, sólo para no desfallecer en ese invierno. Te dirán en la calle que el suyo no se sacrificaba para evitar el amor, pues le temía a éste menos de lo que tú y yo le tememos, lo hacía simplemente para evitar que el frío producido por la pasión, hiciera que sus brazos perdieran la tibieza que servían de soporte anímico para tantos. Sabía que ayudando a tanta gente poco tiempo quedaba para el amor, su vida era servir antes que amar. Su corazón se congelaba, para que sus brazos pudieran seguir abrigando el de los demás.

Si renuncias a tus tesis sociológicas, pregunta si alguna vez lo han visto. Muchos te responderán que no sólo lo observaron mientras sus zancadas amplias recorrían la plaza del pueblo, sino que también fueron arropados por sus brazos calurosos más de una vez. Incluso uno que otro fantoche pretenderá despertar en ti la envidia, porque, según él, tú nunca podrás verte envuelta por tanto calor, como el que él sintió aquella vez que se topó con uno de sus abrazos en la calle. ¡Pero ay Helena! Si algo les preguntas a los abuelos mujeriegos del pueblo, te dirán que su corazón, por no derrumbar la fuente de bienestar de quienes venían mendigando su consuelo, olvidó que esta fría señal que recorre el cuerpo, como bien sabemos los hombres, está dispuesta para que entremos con precaución al gélido mundo del amor. Te asegurarán que ese hombre no precavió que su corazón, como el de todos los hijos de Adán, no aguantaría por mucho ese trajín de servicio a espaldas del enamoramiento.

Por eso al final, si renuncias a tus aseveraciones políticas, pregunta si saben dónde lo puedes encontrar, enseguida te llevarán a una casa en lo alto, su hogar según ellos, allí lo verás por primera vez, de pie, inmóvil, mirando ese horizonte ilusorio de todos los enamorados, con su mano derecha congelada sobre su pecho congelado. Sin duda preguntarás qué fue lo que le sucedió y enseguida te responderé que yo conocí de un hombre con un corazón de hielo, un hombre que se congeló para siempre sin haber nunca imaginado que un beso haría que su corazón estallara, y que sus miles de escarchas heladas se regarían por todo su cuerpo, incluso por esos brazos que tanto se habían protegido del frío.

Conocí de un hombre que se enamoró y se congeló. Se congeló sonriendo y el pueblo aún lo
llora, lo idolatra y espera su regreso.
BOGOTÁ DC. FEBRERO/AGOSTO. 2008

martes, 1 de julio de 2008

DIOS

Si fuera una flor, amaría la tierra.
Si fuera una estrella, amaría el fuego.
Si fuera el morado, amaría el rojo y el azul.
Si fuera una nube, amaría el agua.
Si fuera un sueño, amaría la magia.
Si fuera corazón, amaría el amor.
Si fuera yo, te amaría a vos.
MANIZALES. JULI0. 2008

lunes, 2 de junio de 2008

UN ENCUENTRO DE DOS ÍNTIMOS EXTRAÑOS

Él, no demandó mucho para reconocerla. Desde el otro lado del mostrador no era difícil distinguir el color de su pelo del gris de la ciudad; mucho menos era complicado diferenciar del retrato desapacible de ese café, el trazo inconfundible del perfil de su rostro. Esa forma apresurada de caminar había conspirado en su contra y ahora lo dirigía con suma terquedad hacia lo que había creído evitar. Quizás si hubiera dejado de competir contra la sombra del tiempo escaso, la habría visto desde mayor distancia y habría podido evadir la trampa que el destino le había construido con tanta premeditación; quizás si se hubiera dejado alcanzar un poco por los minutos de los que tanto huía, habría podido detenerse y dar marcha atrás sin dejarse descubrir, pero al parecer ese afán constante nació con él, tal como su cuerpo se adhería a su cabeza al momento de nacer. Todo estaba dado, pero ese no sería el día en el que demostraría cobardía, y menos cuando los ojos de ella ya comenzaban a ponerlo en evidencia.

Ella, desde el lado del mostrador que le correspondía, había emprendido con vaga diligencia un reconocimiento minucioso de ese hombre que se le hacía conocido, pero al éste ir acercándose, cruzando de forma acelerada el salón donde los clientes confundían a la rutina entre cafeína y conversaciones, era cada vez menos necesario esfuerzo alguno, era él. Una vez se encontraron de pie uno frente al otro, ante la imposibilidad de un saludo más adecuado, sus ojos se encerraron en un recíproco abrazo que significó, para ambos, más mantener la guardia y el orgullo en alto, que explotar por la nostalgia. Ninguno de los dos cedería, no sabían exactamente en qué, pero no lo harían.

Él, con los ojos fijos en los color marihuana de ella, dejó que una tenue frase escapara, la cual, con palabras de más iniciativa que de libertad, indagaba por el estado de la mujer que hacía tiempo reputaba la primera de su vida. No sabía qué deseaba oír, puesto que si a ese sencillo “¿Cómo estás?” le seguía una respuesta débil con cierto aire de inconformidad, él tendría que, por decencia, ahondar en temas que seguro le habían sido vedados desde tiempo atrás; pero si por el contrario la contestación expresaba un “muy bien, gracias”, tendría que aceptar que ella había logrado ser feliz sin necesidad de estar a su lado, mientras él no tenía la certeza de haberlo conseguido sin ella.

Ella, respondió “muy bien, gracias” mientras ocultaba su inseguridad detrás de la sonrisa que siempre supo infalible contra la incomodidad de todo cuestionamiento. Su respuesta se originó en las entrañas del orgullo que lucía, con el fin de evitar que notara como hacía pocos instantes había estado meditando acerca de su penosa situación: había llegado a la ciudad no hace mucho, sin dinero, gracias a una débil aprobación de su familia, persiguiendo el sueño de un amor juglar y con la idea de hacerse inolvidable en las tablas de algún teatro, con la esperanza de un triunfo cada día más esquivo. En el momento en que respondió esas tres palabras, dos provenientes del corazón de hierro y una salida de su sagacidad cortés, sólo pensaba en que de ninguna manera permitiría que él se adentrara hasta zonas íntimas que no estaba dispuesta a descubrirle de ninguna forma.

Él, percibió ese “gracias” al final de la respuesta, enmarcada por los lujuriosos labios de esa mujer, como una expresión de inquisición más que como reflejo de un comedido comportamiento. Temía que aunque pretendía evidenciar una despreocupada indiferencia frente a su vida, esa desde el día en que ella misma lo había dejado bajo la amenaza de esta ciudad, era más bien la vía para que fuera él quien continuara conduciendo el interrogatorio, y seguro su resolución, puesto que ella, sospechaba, no tenía ánimo de decir ni una palabra que pudiera exponer particularidad alguna de su vida. No la creía cobarde, más bien la conocía suficientemente valiente para defender su intimidad como la más brutal de las amazonas.

Ella, no quería que supiera quien era ahora ¿Él se decepcionaría? ¿Cómo explicarle su cambio de planes? ¿Cómo contarle que había preferido la felicidad del arte, que la felicidad de salvar el mundo? ¿Cómo confesarle que había descubierto lo errado de su visión del amor hermoso, único, pacífico y mágico? ¿Cómo confesarle que era ella ahora quien deseaba responder preguntas?

Él, no quería que supiera quien era ahora ¿Ella se decepcionaría? ¿Cómo explicarle su canje de sueños? ¿Cómo contarle que había preferido la felicidad del amor que la de la fama? ¿Cómo hablarle de su latente temor al dinero y al poder? ¿Cómo demostrarle su nueva visión del amor monstruoso, inmanente, radical y sagrado? ¿Cómo confesarle que era él quien había renunciado a responder tanto y preguntar tan poco?

Ella, mientras buscaba la forma de ofrecerle algún producto, según el procedimiento adecuado para un cliente ordinario, no podía evitar que los recuerdos delicadamente se fueran desempolvando. Las diferentes ofertas de café se trocaron con imágenes del pasado que evocaban sueños idealistas de un novio que, confiado en enarbolar las mejores intenciones en lo alto, creía poder salvar el mundo a través de la política. Ella sólo quería venderle algo lo más rápido posible, deseaba bloquearle toda posibilidad a la conversación, lo último que esperaba era tener que confesarle que en el fondo siempre sospechó que en sus divulgados sueños, los de él, la vanidad se escondía vistiendo en ostentosa forma el disfraz de la solidaridad.

Él, aún sabiendo que un par de personas se habían unido a la fila en espera de su turno, decidió tomarse su tiempo para intentar descubrir en los ojos de ella si aún era la niña celosa que le temía a la soledad. Pero por lo contrario, mientras indagaba por sus temores, esos que creía conocer, recordó fue el día en el que ella decidió no enamorarse ante la inclemencia de la distancia, el día en el que optó por una vida inmune a la decepción. Sospechaba que, puesto que se hizo fuerte a su costa, lo había dejado porque en algún punto ya no lo necesitó más.

Ella, veía en el fondo de los ojos de él, esa misma incertidumbre que rondó su rostro el día que decidió no continuar con esa locura de amor desesperanzado, huérfano de futuro, en el que se habían sumido ambos. Percibió que su incertidumbre seguía acompañada de la incomprensión que no sólo nunca le permitió entender las razones del final, sino que sustentó su terca razón para no aceptar nunca sus deseos de dejarlo.

- Me das por favor un granizado de café – Ordenó él con menos deseos de café que de abalanzarse para abrazarla.

- Claro. Son cuatro mil pesos –

Él, mientras consultaba el fondo de su bolsillo en busca de los dos billetes que habrían de pagar de manera exacta su pedido, por su mente sólo pasaba la imagen del primer beso: Recostados en un sofá ajeno, su cabeza en el regazo de ella, sus labios apuntando al cielo, y los de ella uniéndose al encuentro que sellaría el comienzo de un agraciado amor para entonces.

Ella, fijó su mirada en el bolsillo de su cliente esperando que pagara cuanto antes y de la misma forma se perdiera de su vista. Sabía que vendría una frase de esas a las que, ante el desespero, él acostumbraba acudir. Palabras que, violentando la inercia de los sentimientos, se constituían como el último de los recursos cuando sabía que poco quedaba para salvar al amor del hambre del olvido. No quería matarle sus deseos de nuevo ante sus ojos, pero más por no tener que volver a recoger el reguero de emociones que dejaba la apertura de ambos corazones. Optó por la disciplina de la razón antes que por la rebeldía de los sentimientos.

Él, encontró los cuatro mil, los extrajo bruscamente de su pantalón, y, no sin antes darles un último vistazo para cerciorarse del valor, con movimientos lentos extendió su mano por encima del mostrador. Ella la alcanzó y sus dedos se rozaron a tan sólo cuatro mil pesos de distancia. Mirando el entrecejo de la mujer, sin repasar sus ojos por temor a desnudarle el alma, le ordenó: - Ven conmigo, porque la muerte quiere encontrarnos juntos –

- Pero es tarde, el sentimiento se ha perdido – exclamó ella mientras era su mirada la que en el suelo se extraviaba.

- ¿No queda esperanza? –

- La esperanza es lo último que se pierde – respondió con cruel ironía.

- Sí claro. Es lo último que se pierde, porque cuando se pierde ya todo lo ha hecho perder – Afirmó confiado en que ella conocía que sus palabras no todo lo decían, pues más hablaban el nostálgico pasado y el supuesto pero sospechoso presente. Dio media vuelta con el ánimo de abandonar el lugar. A pesar de que sus piernas torpemente se movían, su huida no podía esperar, pero ya no se fugaba del tiempo escaso como todos los días lo creía hacer, sino que su amada a partir de ese momento pasaba a ser el fantasma al que más habría de temer.

- ¡Ey señor! ¿Y su café? – gritó ella.

- Muchas gracias señorita, pero es tarde –
BOGOTÁ DC. ABRIL/MAYO/JUNIO. 2008