Cuando a Ricardo Henao le preguntaron cuál era el fin por el que insistía en su “Nooo se muuuevan, ya regresamos…”, cada vez que suspendía la sección de deportes de RCN, él respondió que un viejo maestro del periodismo le había recomendado seguir con esa consigna, pues era importante edificar un estilo y posicionar una marca alrededor de su imagen de periodista. No queda duda entonces de que le funcionó, pues en un país que cree más en sus comentaristas deportivos que en sus dirigentes, no era difícil que con sólo esa frase, cada mediodía, consiguiera el cariño de los colombianos.
Hoy los bogotanos pueden comprobar que Ricardo Henao triunfó con su estrategia, pero lo que ellos seguro no saben es que algunos otros, fuera de él, intentan día a día imponer el suyo. Si se visita el Concejo de Bogotá, además de vivir una experiencia que deja perplejo hasta el más optimista de los demócratas, se pueden descubrir estilos muy particulares que los concejales construyen y ensayan todos los días. Entre formas de vestir, de caminar, de hablar por los micrófonos, hay un elemento de esos estilos que parece hablar mucho de cada dirigente: su respuesta al llamado a lista de cada sesión.
“Presente, presente, presente” (en franca alusión al “trabajar, trabajar, trabajar” presidencial) contestan Álvaro Argote y Henry Castro al llamado a lista de cualquier sesión del Concejo. Recordándonos sus épocas de locutor, Orlando Castañeda responde con una voz adornada en exceso y recita un saludo libretiado, aunque sí llama la atención una considerable pausa que hace antes del correspondiente “presente”. José Fernando Rojas suele romper el protocolo (el cual está más en la teoría que en la práctica) con un comentario futbolero previo a su “presente”. Rafael Escrucería se impone con voz fuerte y reparte “buenos días” a diestra y siniestra, hasta para el secretario y los asistentes. Carlos Pérez, como buen cristiano y sin ser muy original, nos encomienda en las manos de Dios.
Clara Sandoval y María Angélica Tovar, haciendo gala de la sencillez más femenina, que no pone esos adornos que alimentan más el ego que el discurso, responden con un simple “presente”, que en ocasiones acompañan con un “buenos días” o “buenas tardes”. Martha Ordoñez, a su “presente” de igual sencillez le suma, de vez en cuando, algún comentario sobre la no violencia contra la niñez, su bandera política. La originalidad del concejal Orlando Parada se limita a cambiar su “presente” por un “firrrme”, con el cual cree dar a conocer no sólo su pasado militar sino su mayor preocupación: la seguridad. Finalmente, y por supuesto sin agotar todos los concejales, Felipe Ríos y Carlos Galán, los más jóvenes, o al menos los más primíparos en esto de edificar un estilo alrededor del llamado a lista, aún aguardan en lo que parece ser la primera etapa del “presente, muy buenos días” (aunque a veces, paradójicamente, el mismo “presente, muy buenos días” se oye de la boca de Jorge Durán, el más veterano).
¿Será que los concejales de Bogotá recibieron el mismo consejo que recibió Ricardo Henao de aquél viejo maestro de la comunicación, de edificar un estilo, un marca personal? Si lo recibieron, a algunos se les olvidó la más importante de las lecciones: el estilo no debe ser un recipiente vacío. El estilo no debe ser un engaño, jamás debe ocupar el lugar de lo sustancial. En el caso de los concejales, todo lo que de performativo tiene su estilo (hasta para responder al llamado a lista), debe reflejarse de una sustancia: de su actitud en la política, su visión, sus modos de ejercerla, de vivirla.
El estilo por el estilo, de ser posible, no es más que actuación y espectáculo. Éste debe corresponder a un fondo; el estilo no es más que el preámbulo, a veces el epílogo, de un relato primordial que subyace. La forma en que los concejales se visten, hablan, saludan, conducen, así como la forma en que ofrecen un discurso y buscan votos, debe corresponder a la ciudad que sueñan, a la relación que tienen con sus electores, o, incluso, a la relación y aproximación con los medios de comunicación. Que no nos engañen, la buena labor de Ricardo Henao no termina en su “nooo se muuuevan”, su estilo es la concreción de su profesionalismo.
Pero el fondo no debe ser de cualquier color; hasta el más audaz y hermoso de los estilos puede ser reflejo de las sustancias más ruines y de las actitudes más perversa. Sería tonto desconocer que un estilo puede usarse para encubrir, para mentir, para hacer daño o para proveer asimetrías de poder en favor del líder político. De un fondo negro como este esque nacen los estilos de algunos concejales de Bogotá. Hasta la mejor creatividad para contestar el llamado a lista puede obedecer a una actitud sustancial deplorable.
En este caso, ante el mutismo de los jueces, la ciudadanía grita una verdad pero en voz muy baja; el pueblo guarda el secreto de que el estilo de algunos concejales, además de un saludo amable, es la compra de votos, el tráfico de influencias, el alquiler de los programas públicos, o hasta la manipulación de los contratos distritales para favorecer los patrocinadores de sus campañas. Así, mientras la respuesta al llamado a lista sonríe para las cámaras, las obscenas prácticas electorales destruyen la sociedad política; todo esto hace parte del mismo estilo que se enraiza en, y refleja, una sola sustancia: el goce individual.
El Concejo de Bogotá tiene dos vías: o que los concejales se propongan afirmar como sustancia primordial a la política, a aquella que lo es en tanto no puede escindirse del bien común (tal y como la definía Aristóteles); o, por otra parte, que aquellos concejales que insisten en renunciar a una ciudad de hermanos por perseguir sus intereses individuales, se propongan cambiar su estilo al menos por uno más coherente con su actitud. Ejemplo exagerado de esta segunda opción sería que algunos concejales respondieran el llamado a lista de manera más acorde con su oscura sustancia. “Muy buenos días apreciados concejales, aprovecho para mandar un saludo a la familia Nule; espero que les rinda el trabajo hoy en la 26. Presente”, diría alguno; o quizás: “Tengan buen día todos y todas. Ayer conseguí cuatrocientos votos sólo con diez puestos. Presente, Presente”. Pues no sería lo ideal, me quedo más con la primera vía, pero pues esta segunda, al menos, nos permitiría comenzar con la verdad pintada en la cara y no con una sonrisa postiza enredada en la boca.
Que lo sustancial sea la política (construcción de ciudad para el bien común), o al menos que los estilos dejen de encubrir la verdad y la codicia. En todo caso los fondos negros, las actitudes antiéticas, no deben ser opción para los concejales de Bogotá. El sello personal de los concejales debe ser más una sustancia loable que una máscara original. La política no es sólo una cuestión de estilo, no es sólo una apuesta estética; más bien, como diría Fito Páez, es una cuestión de actitud.
Don E sólo sonríe cuando pasa por las espalda de la Catedral, caminando por ese estrecho pasaje que es la 23. Dice que allí el olor del pan recién salido del horno lo estremece y el aroma del tinto tostado lo hace devolver en el tiempo. En ese momento del día es que sonríe, se echa una bendición, da gracias por lo fue, pide por lo que no ha sido y ya no sonríe más. El resto del día se lo camina serio, abstraído, pensando en cómo se las ingenia para vender sus tirados de panela por el bien de su familia.
Desde hace días, mientras atraviesa toda la Avenida Santander intentando vender, anda intranquilo por una razón más: ya no es la falta de plata, es la inseguridad. Le preocupa que ahora tiene que hacer más ágiles sus pasos porque cuenta con menos horas para su labor; pareciera que los criminales le han arrebatado el mismísimo tiempo.
Antes él regresaba a las nueve o diez de la noche a su casa, pero ahora debe procurar no dejarse coger la tarde; desde hace tiempo un grupo de personas optó por asesinar o amedrentar todo aquel que camine por las calles de su barrio a altas horas de la noche. Dice que esa gente tiene sus negocios y por eso mantiene el control de la zona; dictan la forma de vivir a través del terror que infundan con asesinatos, extorsiones y panfletos que amenazan desde indigentes hasta líderes comunales.
El incremento de bandas criminales ha sido constante en los últimos cuatro años, incluso en las ciudades, y Manizales no debe haber sido la excepción; pero ¿cómo indagar por el impacto que han tenido en la ciudad cuando las autoridades no pueden ingresar a sus zonas de influencia, cuando los ciudadanos no denuncian por miedo y cuando esta renovada dinámica criminal no es de fácil registro?
Me cuenta Don E que a veces le da rabia; detesta la manera como los manizaleños piensan en la seguridad. Dice que cuando un habitante del común ve un policía en las avenidas principales, queda convencido de la normalidad y de la paz de los sectores más excluidos y apartados. Un CAI en La Francia, en Palermo, en El Cable, en Chipre, hace olvidar que en Manizales existen barrios donde la policía no puede ni entrar por que allí gobierna la criminalidad.
Cuando oigo a Don E, pienso que Manizales se quedó en una seguridad que apunta a una tranquilidad fugaz y exclusiva para quienes pueden disfrutarla, una tranquilidad que sólo engaña el miedo y alimenta la fantasía del “buen vividero” que tanto repetimos. Es la estrategia de seguridad que olvida que la lucha contra la criminalidad no es sólo persecución del delito, sino también defensa de la dignidad humana. La coerción debe ir de la mano con la prevención y la solidaridad, pero cómo pensar en éstas cuando no aceptamos lo que hay prevenir ni con lo que debemos solidarizarnos.
La ciudad ha segregado la violencia y la pobreza a las laderas que están fuera de la vista, para que el resto de la ciudad no las note y así no se incomode. Quienes sí podemos disfrutar de la tranquilidad poco indagamos por la suerte de estas zonas afligidas y preferimos ni hablar de ellas. No hay quien narre el desplazamiento urbano en el que las personas huyen de la violencia o de la falta de vivienda digna en busca de otros barrios.
A Don E le molesta que se niegue el terror presente en la ciudad y que haya personas, fuera de los criminales, que sacan provecho de la violencia. Los homicidios en Manizales, en lo que va del año, han aumentado 25%. ¿Cuánto debe esperar Don E para que la sociedad mire hacia las laderas abandonadas a la suerte del crimen? ¿Cuánto para que la autoridades le apuesten a una estrategia íntegra y no a fiascos como el de Manizales Segura, con corruptelas y al mando de personas que, como se dijo, se benefician de todo esto? ¿Cuánto al menos para que la ciudad comience a hablar de su violencia y a aceptarla?
Ya Don E se va, seguirá su caminata rutinaria por el centro y la Santander. Me deja, y veo que su preocupación no abandona su cara; seguro en sus tirados carga una esperanza, pero esta noche, en su barrio de las laderas ocultas, a lo mejor lo espera una muerte que toda una ciudad no quiere ver.
Bogotá D.C., mayo de 2010
(Publicado en el periódico LA PATRIA, el 1º de junio de 2010. Manizales, Caldas)
Quería hacer un artículo serio, pero me advirtieron que tenía que ser picaresco y chistoso. Sentí entonces que debía montarme en la nueva ola: escribir como todos esos que se creen Samper Ospina; es algo como pasar de ser un alfredomolanito a ser un samperospinito, es decir, quitarme la mochila para pasar a ser un joven del Campestre o del Moderno con buena escritura, que dice promover el cambio desde las letras, pero eso sí, con humor para no incomodar y no incomodarse. Vamos a ver cómo me va, espero que no me vaya muy bien.
Dicen por todos los medios y de todas las formas que hay que darle oportunidades a los jóvenes en la política porque ellos conservan la pureza del Divino Niño y no tienen los vicios de las viejas formas. Según dicen, un joven no persigue contratos para amigos costeños y, como viven sin plata, lo de la tejas y lo de los mercados se les va en fotocopias y por eso no pueden esperar que la capital del país elija a su hermanito bobo como alcalde.
Dicen que un joven, por ser joven, es sano y no espera “unir esfuerzos (burocráticos) con el gobierno”, y eso es cierto, por eso no debemos dejarnos engañar por lo que dice la gente sobre Vargas Lleras y sobre Andrés Felipe Arias. No nos dejemos llevar, no seamos injustos con estos jóvenes políticos del país, ellos dos no son así: Vargas y Arias no son jóvenes. Por más que las pataletas de quinceañera del primero y la minoría de edad del segundo nos lleven a creer lo contrario, es evidente que Vargas, por su voz, ya no está para cantar con los niños cantores y que el niño Arias tiene pensamiento no de viejo verde sino de viejo azul, tan viejo y tan azul como un Ómar Yepes o un Roberto Gerlein.
Un amigo con más tiempo en la política me lo advirtió y yo no hice caso. Tuve que sufrirlo en carne propia para entender que si bien los jóvenes no tienen los vicios de la vieja política, a excepción de la marihuana, tienen otros más tenebrosos y dañinos. Los jóvenes políticos se comportan como presidenticos y eso los hace igual de calculadores, egocéntricos y celosos, pero más patéticos aún, pues su mayor logro es que el jefe del partido los salude, se aprenda sus nombres o se tomen un foto con él.
Generalmente, dentro de la dinámica de un partido, un joven no busca puestos, en plural, busca es puesto, para él, y hasta se los inventan. Y ojalá fuera un puesto para gestionar sus oscuros intereses particulares, pero no, es sólo para poder tener un título antes de su nombre, para engordar la hoja de vida cuando busca puesto de patinador o de monitor de clase, o, cuando es hombre, para descrestar niñas los fines de semana diciéndoles que es sub-vice-coordinador-local-de-juventudes del partido o secretario-del-asistente-del-asesor-del-concejal.
Si se quiere observar mejor a uno de estos pececitos políticos en su agua, es interesante remitirnos a cualquier tipo de elección que surja entre jóvenes. Hablemos por ejemplo de la elección de representante de estudiantes en la universidad. Lo principal que hay que decir es que los jóvenes se toman estas elecciones muy en serio, tan en serio que los candidatos, en un foro, se sienten en el estudio de Caracol como si los vieran millones de personas, cuando están solos y a nadie le importa si están de acuerdo o no con la invasión a Ecuador.
Los jóvenes candidatos dicen estudiar mucho tiempo para sus propuestas, sabiendo que éstas las puede proponer cualquiera con una carta dirigida al consejo directivo de la universidad. Los candidatos nombran comités de campaña y a hasta el gabinete con sus amigos, y eso no está mal, lo triste es que haya alguien dispuesto a seguirle la corriente. ¿Lo ven? sea cual sea la campaña, un joven siempre está buscando un cargo para conquistar niñas.
Mientras un personero en el colegio propone piscinas, canchas, papel higiénico, un representante de estudiantes en la universidad propone piscinas, canchas, papel higiénico; de vez en cuando, en un desborde de infinita creatividad, proponen sobre el requisito del inglés, sobre los preparatorios de derecho, sobre los grupos de investigación, sobre el consultorio jurídico: ¡puro populismo! ¡Digna representación de la vieja política! No importa que los profesores no cumplan el reglamento, no importa que la forma de enseñarnos sea retrógrada y mecánica; no, eso no importa, eso no da votos y, además, meternos en esos temas puede provocar la revocatoria o, en el peor de los casos, una revolución universitaria en la que el representante de los estudiantes será el primero en pasar a la guillotina.
Los estudiantes saben que esta forma de hacer política universitaria es inútil y precaria, pero cómo matar la gallina que da huevos, cómo acabar con lo que da réditos tan fácil. Muchos jóvenes políticos están dispuestos a hacer lo que sea por poder, creen que un puesto llenará el vacío de su personalidad, o acabará con sus años de verano. Por eso unos dan prebendas por votos (un saludo, un piquito, una cerveza, un abrazo, porque no hay plata para más), otros simplemente se roban la elección, y allí sí que hay creatividad, como por ejemplo usurpar los BlackBerry de la gente para efectuar el voto en una elección virtual.
Si esta es la cara joven de la política, bienvenida sea la vieja.
Bogotá D.C., mayo de 2010
(Publicado en el periódico FORO JAVERIANO. II Trimestre 2010. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. Bogotá DC)
La sociedad caldense evidencia que la política no es un objeto, no es un “afuera” que se puede estudiar y transformar en sí mismo; la política, por el contrario, “se lleva por dentro”, la sociedad la construye, le otorga significados con sus expectativas y la delimita con sus traumas. Es así que la política no es mala por sí sola y el pueblo caldense no es ajeno a su realidad, pues la política en Caldas también se ha construido con los vicios sociales, los cuales han sido apropiados después de tantos años de egoísmo, corrupción y violencia. Estas líneas que restan pretenden a hablar de uno de los vicios: el “escepticismo caldense”.
En el departamento, desde diferentes escenarios, se hacen continuos llamados a un escepticismo, a un no-comer-entero, a un “voto consciente” o a un rescate de la objetividad. Sin embargo hay que advertir que este escepticismo no es esa actitud de examinar-y-descartar dentro de la política para dignificar la verdad; este escepticismo tan autóctono lo que hace es justificar el ocultamiento y la negación de ésta. Esta actitud engañosa, para la mayoría es una forma, escapar, resistir y sobrevivir a tan inmensa inmoralidad, mientras que para la minoría es la oportunidad de extender sus privilegios.
Dicen que esta es una tierra conservadora, pero es más por este escepticismo que hasta se demanda y se celebra, pues qué más conservador que no creer en un cambio posible y dejar las cosas como están. Con esta actitud indeseable, el caldense se enorgullece cuando no hace nada más que repudiar políticos, pues este escepticismo ha llevado a creer que toda persona que se acerque a ese estereotipo de político que se ha imaginado, bien sea por su presentación o su forma de hablar, es corrupto; extraño que ese mismo escepticismo no permita notar que en el departamento los corruptos, hace muchos años, aprendieron a hablar como empresarios, y son a ellos a quienes se corona sin vacilación, sin práctica escéptica alguna.
Este escepticismo llevó a dudar del discurso emotivo y parcializado de la política, considerando que en el discurso de la empresa y del emprendimiento hallaría ideas objetivas, imparciales y honorables; el engaño es creer que el discurso empresarial no lleva una carga ideológica inobjetable que enarbola, muchas veces, los supuestos del capital por encima de la ética y los valores sociales. El escepticismo ha llevado a esta sociedad a denunciar el típico clientelismo burocrático de la élite política; el engaño es que, además de ser una denuncia alcahueta e hipócrita, es una denuncia inexistente cuando se trata de corrupción en licitaciones y concursos, que es tan propia de algunos empresarios. Engaño de este escepticismo ha sido también la creencia de que la libertad termina en la posibilidad de elegir el tipo de desodorante.
La necesidad del escepticismo no debe apuntar a encubrir verdades, o a ponerle disfraces de transparencia y criterio a nuestros vicios en la política. La necesidad del escepticismo no debe apuntar a esconder bajo la idea del examen permanente, nuestra dependencia y aceptación tácita de la corrupción, y nuestra indiferencia hacia la transformación. El escepticismo caldense no acerca a la verdad, sino que es un engaño vicioso que la encubre y a su vez no deja ver lo que somos como pueblo político. Esta no es más que una actitud que nos ha dejado el terror en el que hemos vivido durante tantos años, el terror donde al hablar se muere por plomo o por hambre y lo más fácil es escapar a través de este escepticismo, pues el examen permanente en este caso apunta a dejar de creer y no comprometerse con nada, no correr peligro.
Pero esta es una sociedad que en gran parte sabe quiénes y por qué han asesinado sus muertos y sus sueños, por eso mismo requiere desenmascarar sus verdaderas. Los caldenses, si requieren un escepticismo, requieren uno que los acerque a la verdad y a un criterio real, que antes remueva los velos del engaño y la negación, que les permita dejar de escapar del timón de su curso, que los invite a volver a creer y los obligue a examinar las actitudes propias más que las de los políticos. Esta transformación será larga y difícil, y se requerirá ser más de lo que se cree que se puede llegar a ser como departamento.
“In order to build our nation, we all need to exceed our own expectations”, dijo Mandela en la película Invictus.
Bogotá D.C., abril de 2010
(Publicado en el periódico LA PATRIA, el 14 de abril de 2010. Manizales, Caldas)
“La primera tarea de la educación es agitar la vida, pero dejarla libre”, dijo alguna vez María Montessori; en sus palabras se entrevió que esta labor de educar es un misterio en toda su dimensión y complejidad, un misterio que exige de los maestros más espíritu que conocimiento, pues un maestro no debe revelar un sueño, debe revelar la senda para soñar. ¿Debería la educación jurídica volver a las palabras de Montessori? ¿Cuánto de maestros tienen quienes hoy hacen de tales en las facultades de derecho?
Entre los Papeles inesperados de un maestro, Julio Cortázar, se descubrió un texto, una misiva dirigida al magisterio argentino que hablaba de la Esencia y misión del maestro. Cuenta allí que el maestro generalmente fracasa, en tanto se torna rutinario, se abandona a lo cotidiano, reduce su labor a la simple exigencia de los programas y su máximo rigor no es más que para el cuidado de la conducta y la disciplina de sus alumnos. Para él este individuo era un “maestro correcto”, “un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina”
Cortázar encontraba que el fracaso de tantos maestros obedecía a la “carencia de una verdadera cultura, de una cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales”. La cultura del maestro no es sólo intelecto, como se ha hecho creer, sobre todo, en el espacio de la abogacía; ser culto, si bien es colmarse con el conocimiento de una disciplina, es “también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso de un niño”, es también sorprenderse de la creatividad del discípulo y reconocerlo como refutación. Se lee allí que la esencia del maestro no se funda en un cosa (conocimiento), se funda en una visión en la que el mundo se ofrece con su máxima amplitud.
Para Cortázar, la razón de tantos fracasos se halla en el debilitamiento de la moral y en el olvido de lo sagrado que es ser maestro. Aquellos que se hicieron (o se harán) llamar maestros sin reflexionar más allá del prestigio y de la retribución económica “son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento”. Un maestro, más cuando lo es en el derecho, no debe ser “un maestro correcto” que sólo transfiere conocimientos y técnicas, el magisterio jurídico debe instar al discernimiento de lo justo, de lo ético y de lo estético, debe alentar en sus discípulos las ansias por la verdad, por la creatividad y por los sueños.
Ser el “maestro correcto”, el inculto que se ciñe a que ninguna oveja abandone el rebaño de la repetición técnica y cognitiva, es lo fácil, es el camino que no exige sudores ni dolores; para dejar atrás esta tentación, este fantasma, la labor del maestro debe ser un sacrifico para enseñar a volar y para soportar la amenaza de dejar a un discípulo en libertad. Más que sus conocimientos es su sacrificio el que el maestro debe transmitir, pues así sus discípulos comprenderán que, en esta realidad descomunal, su verdad, sus creaciones y sus sueños sólo tendrán cabida y sentido por el camino difícil que sí exigirá renuncias y riesgos.
“… en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en una horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrifico o con la muerte…”. (Cortázar, Julio. Esencia y misión del maestro).
Bogotá D.C., marzo de 2010
(Publicado en el periódico FORO JAVERIANO. I Trimestre 2010. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. Bogotá DC)