viernes, 2 de octubre de 2009

ENTREVISTA CON EL INDIVIDUALISMO CALDENSE


Llegué hasta Manizales para entrevistarlo. Cuando me senté a su lado, conservaba aún la tímida convicción de que estaba al frente de una esperanza, una que por fin representara una idea sensata, lejos de la vanidad personal, una que nos enseñara a hablar en este departamento más de política que de negocios. Pero en menos de media hora, comprendí que quien me hablaba era otro de esos que esconden los mismos vicios detrás de discursos de renovación y de independencia, otro de esos que hace creer que la juventud es garantía de cambio. En media hora ya sabía que era otro representante de esa ideología caldense que tanto vende, pero que a tan pobre situación conduce.


A la primera pregunta respondió que creía que Manizales debía ser una sociedad donde las personas pudieran por sí mismas salir adelante, y enseguida, antes de que cualquier comentario explotara en mi boca, agregó que el Estado sólo debía garantizar las oportunidades y era la gente la que debía emprender y promover su propio proyecto de vida personal y familiar. Al principio me pregunté cómo se podía hablar de sociedad, cuando lo que se propone es que cada quien piense en sí mismo, sin tener que pensar en el otro, sobretodo en ese otro que tanto necesita de nosotros; ¿no era eso renunciar a cualquier proyecto colectivo, con el propósito de que sea cada persona la que deba buscar la vía para su superación y trascendencia? Sin duda estaba sentado al frente de ese discurso que renuncia a perecer.


Recibió una llamada que nos obligó a suspender. Se fue a donde yo no pudiera oír lo que hablaba. Llevábamos cuarenta minutos en los que él había estado dándome respuestas en las que sin duda yo ya no mostraba ningún interés, hasta tracé garabatos en mis hojas haciéndole creer que con diligencia reseñaba sus ideas cínicas y repetidas. Tomé un sorbo del café que me había ofrecido, y con su primera respuesta grabada en mi mente, pensé que era precisamente ese modo tan egoísta de ver y explicar la vida lo que había hecho que en la comuna de San José de Manizales se quisiera un montar un negocio de tal magnitud, el cual, bajo la idea de la “renovación urbana”, se va a desplazar del centro de la ciudad a los más pobres, en beneficio de especuladores inmobiliarios que pretenden comprar barato y revender caro. Pero seguro a él le daba igual, pues si era coherente con sus ideas estaría convencido que esta es la forma en que la administración municipal da oportunidades, aseguraría que esos pobres están en plenas capacidades de construir su proyecto personal, y argumentaría que es una propuesta legítima porque se hace en virtud del proyecto personal y familiar de dichos especuladores. Su idea sin duda parte de la noción centenaria de que todos los hombres son iguales, ese paradigma falso que bien supo desvirtuar Estanislao Zuleta: los hombres no nacen iguales, nacen en una raza particular, en una familia precisa y en una clase social determinada, y eso para el mundo de hoy no es nacer ni tener las mismas oportunidades. Ni siquiera todos tienen la posibilidad de un proyecto personal.


Dejé mi asiento, tomé mi chaqueta del perchero, metí el lápiz en el bolsillo de atrás del pantalón y abrí mi morral para meter las hojas. Caminé hasta la salida y pensé entonces que por esa razón en Caldas se abandonan proyectos en sectores como los de la cultura y los de la salud, ámbitos intrínsecamente colectivos. ¿Cómo se edifica un proyecto sobre la cultura abandonando toda visión colectiva? ¿Una cultura personal y familiar? ¿Cómo se conserva un buen sistema de salud, sabiendo que la unión entre la salud y la visión individualista propia de los negocios es totalmente anacrónica? Abrí la puerta y pensé en tantos jóvenes de Caldas que por seguir su proyecto personal esperan en cualquier momento dejar atrás su ciudad o su pueblo, sobretodo la gente que en allí tanto los necesitan. Pensé en todas esas personas que, hasta en mi familia, tienen más identidad con su empresa que con su propio departamento. Entonces cerré la puerta y salí sin despedirme.


Bogotá DC. Septiembre de 2009


(Publicado en secretosdelkumanday.blogspot.com)

jueves, 10 de septiembre de 2009

REFUNDANDO LA ESPLÉNDIDA COMARCA


Manizales es una ciudad con un amplio y complejo superyó, una ciudad que desde hace tiempo, mientras con testarudez intencionada procura parecerse a una Atenas mal reproducida, rehúye a las “heridas narcisistas” que ponen en evidencia su debilidad, sobretodo su naturaleza disimulada que tanto le gusta adornar con disfraces oportunos.


Hoy, cuando los manizaleños cantan para brindarle un beso al nombre de su ciudad, parece que de manera voluntaria o negligente no ofrecen nada distinto que la misma demostración que tuvo Judas con su maestro al besarlo en la mejilla. Hoy, cada vez que un manizaleño se obstina en exaltar los valores de su ciudad sin otra consideración distinta a que son los valores de su “polis” (un argumento algo autorreferencial), sólo demuestra que Manizales no es más que una ciudad que se traiciona a sí misma.


Hace años, cuando ya convivían grecocaldenses y azucenos, en los pueblos de Caldas los campesinos morían masivamente en duelos de machete, pero en su capital la desidia y el silencio se alzaban como estandarte de un pacto político que permitió que Manizales fuera, desde entonces, no sólo ese excelente vividero que hasta hoy predica ser, sino una isla de paz entre el mar de sangre, un campo de guerra muda desde donde se disimuló la barbarie, desde donde se ignoró de manera conciente, desde donde se incitó a la violencia con socarronería para no más que conseguir algunos votos acabando de paso con los del color contrario. Manizales es una sociedad “enroscada”, como bien lo define uno de los políticos manizaleños más relevantes (que seguro por manizaleño, y dando fe de su sentencia, insiste en que no se pronuncie su nombre), es un pueblo que, habiendo preferido el placer de la paz que se pactó sobre el sacrificio de sus propios hermanos, habiendo sucumbido a la cobardía de no romper el pacto para no salir de la camarilla, se construyó sobre la tragedia y la desdicha de su propia región, de su propio departamento.


Pero esa enfermedad social se perpetúa, no sólo en el ámbito de la violencia que continúa produciendo a diario desplazamiento y homicidios en los pueblos de Caldas, sino también en otras esferas que Manizales pareciera insistir en desconocer. Y no hablaré a fondo de ese vetusto desprecio por los municipios que muchos de los más manizaleños practican, ni del generalizado y frío interés que existe por parte de la capital de construir un verdadero departamento, ni mucho menos sobre la incomunicación e insolidaridad que azota a los pueblos, sólo diré que Manizales es una capital que obligadamente ha entonado el himno de su departamento, es una localidad cuyos líderes y emprendedores (liderdedores y emprénderes) sueñan con una ciudad pero poco con una provincia, es una población cuyos empresarios ven los municipios como oportunidades de negocio antes que como cofrades, es una ciudad cuyos políticos ven a Caldas como un mapa electoral y no como una esperanza colectiva, es una sociedad que olvida los orígenes de donde vinieron muchos de sus abuelos.


Aunque la situación actual tanto de Caldas como de Manizales podría ser al menos un pretexto para optar por otra visión y cambiar, parece que los manizaleños seguirán en lo mismo, y hablo en general, porque así digan que es odioso, y así haya indicios de que este proyecto de exclusión y aislamiento de los municipios es agenda de unos pocos, es la otra gran mayoría la que insiste en permanecer cobarde y placenteramente en la “rosca”; es la mayoría para quienes el silencio es una decisión.


Caldas es la constitución misma de Manizales, es su procedencia, su encrucijada y su sueño postergado; el reencuentro de lo caldense es la posibilidad de ser y negarlo es traicionar a la ciudad, es dejarla condenada a su propio narcisismo. Ya en 1966 Manizales actuó con displicencia desafiante en la escisión de regiones enteras que no hicieron otra cosa que demandar reconocimiento, por su bien pueda ser que no vuelva a ocurrir tal equivocación, porque ya el Occidente mira con buenos ojos hacia Risaralda, ya el Norte hasta comparte imaginarios con Antioquia, y el Oriente hace rato que no deja de observar el sol que se alza desde las tierras del Tolima y de Cundinamarca. ¡Qué deuda inmensa tenemos aún los manizaleños!


Bogotá D.C. Abril de 2009


(Publicado en secretosdelkumanday.blogspot.com)

miércoles, 26 de agosto de 2009

CARTA ATEMPORAL


Bogotá D.C.,


Helena


Cuando llegue ese día en el que deba desear devolver el tiempo, tal vez pida ir hasta hoy, hasta el día en que una mujer mágica me dejó hacer parte de sus sueños. Pero tal vez no pida nada, porque ¿para qué exigir la devolución del tiempo cuando el instante ha sido siempre el mismo?


Creo que ese día en el que la vida da la oportunidad de querer regresar, es sólo ofrecido para quienes han intercambiado la infinidad atemporal de la felicidad, por la limitación temporal de los placeres. Pienso entonces que no desearé la restitución de los minutos desaparecidos, no le temeré a la muerte; ese día, estando aún a tu lado, confirmaré que en el amor ayer es hoy y hoy es mañana. Amarte antes de morir es haber salido ya del tiempo.


Tuyo siempre,


Tercero Vernaza


Bogotá D.C. Agosto de 2009

lunes, 20 de abril de 2009

LOS ORÁCULOS DE LA MORAL

Societies think they operate by something called morality. But they don’t. They operate by something called law (…) The question is never “was it wrong”, but “was it legal”.


(Extracto de la película “The Reader”. Dirigida por Stephen Daldry y escrita por David Hare. Basada en el libro “Der Vorleser” de Bernhard Schlink)


Escribo en primera persona, no por vanidad, no por codicia, más para hablar como hijo de la misma tierra de tantos. No escribo fechas, porque aspiro a que las letras no queden aprisionadas en el tiempo, puesto que son ellas oportunas para cualquier edad de esta orilla del Atlántico; no escribo nombres, porque deseo que las ideas no se entiendan como frutos de pasiones coyunturales, puesto que sólo son parte de una forma de percibir toda una realidad descomunal, el universo latinoamericano.


Hablo de Latinoamérica antes de entrar en el terreno colombiano, más por poner de presente que este rincón, encerrado por ambos océanos, no es más que un reflejo de todo un pueblo latino que en vano pretende explicarse, debido a la razón con la que aborda la irracionalidad de su escenario y sus actores.


Colombia, un país como tantos de esos a los que el mundo prefiere aproximarse mediante sus televisores y no mediante los testimonios mismos de las palabras y las letras, es una nación de historia convulsiva que pervive en razón de una violencia estructural e inmanente a su transcurrir, una violencia que se perpetúa incólume aun cuando cada cierta época los actores pretenden mostrarla como una distinta, aun cuando los violentos cambian de nominación y aun cuando se busca disfrazarla con otros atuendos para ocultar que sus causas han sido las mismas desde siempre.


Pero ahondar en el tema de una violencia que nos desborda, es pretencioso y hasta irresponsable si se hace de una forma somera, más bien prefiero, en esta ocasión, escribir acerca de un espacio común al que la gran mayoría de los colombianos hemos arribado como consecuencia de habernos acostumbrado, incluso de haber tolerado, la dinámica de un conflicto que día a día influye sobre más generaciones. Este espacio común que señalo, es lo que algunos han sabido denominar como la “crisis de la moral” que ha determinado el ámbito de la política colombiana. No obstante son pocos los que se han arriesgado a analizar dicha crisis axiológica desde el punto de vista del ciudadano, quien, se olvida, es otro actor del sistema político, uno que a diario es sometido a los avatares del conflicto, bien sea directa o indirectamente.


Al momento de aproximarse a la actividad política del ciudadano, se constata que su capacidad de valoración se encuentra, en primer lugar, determinada por lo que en el ordenamiento jurídico se expone como legal o ilegal, dando paso a una moral restringida que entiende como bueno lo que se reconoce conforme al derecho, y como malo, lo que lo contraviene, dando por contado que los sistemas jurídicos actuales abarcan en sí mismos los valores propios de la moral social. Algunos políticos y sociólogos han venido denunciándolo, han venido analizándolo y parecen haber coincidido en su conclusión de que el ser humano posmoderno, hijo de la revolución individualista y liberal, le teme a su propia libertad, a su capacidad de discernir entre lo que es bueno y lo que no lo es. En este sentido, Erich Frömm, psicoanalista alemán, señaló en alguna ocasión que aun cuando la libertad le había proporcionado independencia y racionalidad al hombre, ésta lo había aislado y, por lo tanto, lo había tornado ansioso e impotente. En este orden de ideas, para él dicho aislamiento resultaba insoportable para el individuo, llevándolo hacia la alternativa de rehuir la responsabilidad de esta libertad. (FROMM, Erich. “El miedo a la libertad”)


Esta moral restringida, esta “crisis de la moral” evidenciada en el actuar político de la sociedad civil colombiana, y hasta latinoamericana, pareciera partir del pánico producido en el hombre el hecho de sentirse libre y capaz de decidir, pero sobretodo de la eventualidad de sentirse responsable por lo que pueda concluir y por lo que haga con ello. Así pues, para el ciudadano resulta de mayor goce acudir a los ordenamientos jurídicos con el fin de hallar respuestas a sus dilemas axiológicos, debido a su resistencia de develar por sí mismo la naturaleza benévola o maligna del acontecer político cotidiano. Dentro de este panorama, aún atendiendo a que los sistemas de derecho pueden no compilar las consideraciones morales de la sociedad, los ciudadanos prefieren tomarlos como oráculos de la virtud.


No siendo suficiente lo anterior, en Colombia, incluso en Latinoamérica, hemos llegado a un estadio más problemático, puesto que hemos tolerado no sólo que las consideraciones morales se tomen en consonancia con el ordenamiento jurídico, enarbolando la premisa de que está permitida toda política que no esté prohibida, sino que, yendo más allá, hemos optado porque las determinaciones valorativas residan en el discurso de figuras mesiánicas. En otras palabras, hemos permitido, además, que la escala axiológica de las naciones sea decretada por gobiernos que así mismo se han mostrado como salvadores de una realidad. Para Colombia, y parte de Latinoamérica, ha resultado mucho más cómodo entregarle el discernimiento moral a unas figuras presidenciales autoritarias, puesto que mientras más se limiten las libertades menos necesidad hay de que la sociedad civil reflexione en torno a lo malo o lo bueno. De esta forma, como reacción de su miedo a su propia libertad, el ciudadano termina por atender como bueno todo aquello que el gobierno mesiánico designe como tal.


De esta forma es como se converge en la aceptación moral de la “seguridad democrática” en Colombia, o de la “revolución bolivariana” en Venezuela, por exponer otro ejemplo, puesto que no siendo valoradas por el ordenamiento jurídico, mucho menos son objeto del discernimiento axiológico de la sociedad civil, en la medida en que los gobiernos ya lo determinaron moralmente por ella. Así pues ante la “crisis de la moral”, ante el miedo a la libertad, para el ciudadano es más fácil reelegir que discernir; a lo mejor así es que podrá exculparse del futuro de su nación. Bien hizo García Márquez al recordarnos que "la independencia del domino español no nos puso a salvo de la demencia".

Bogotá D.C., Febrero de 2009


(Publicado en: Revista LOS DÍAS SIN ROSTRO. Marzo de 2009. Lima - Perú)

miércoles, 25 de marzo de 2009

LIDERMIENTO Y EMPRENDERAZGO

Si quisiera elegir por donde empezar, hablaría de un amigo jesuita que me demostró que “un líder es aquél que ni siquiera sabe que lo es”, pero mejor voy iniciar con la ocasión en la que oí al filósofo Guillermo Hoyos Vásquez manifestar su preocupación, por cómo el fenómeno del liderazgo nos ha venido trayendo hasta un estado donde muchas personas se creen caciques y muy pocas están dispuestas a ser indios. Allí, en parte comprendí ese malestar que desde tiempo atrás siento por todos los que me dicen que debo explotar mis “cualidades innatas” de líder, por todo conferencista que me exhorta a conocer los doce pasos para ser “el líder de los líderes” (que me suena como a ser el “papá de los amores, ¡oa!”) y hasta por los libros que a un lado de las cajas registradoras exponen títulos tan concretos y metafóricos como: “Madera de líder” (Puig, 2004), “Qué hacen los líderes para obtener los mejores resultados” (Baldoni, 2008) y “El club del liderazgo” (Cubeiro & Sainz, 2005).


Manizales me ha enseñado desde niño dos cosas: a amarla, pero sobretodo a desconfiar de todo aquel que se presente, o sea presentado, como líder o emprendedor. ¿Qué hay más risible que un joven, o un viejo de ‘blue jeans’ y tenis, que mientras afirma su presunta capacidad de emprender y liderar, no hace otra cosa que aceptar precisamente su debilidad y su falta?


No quiero arremeter contra el emprendimiento y el liderazgo, sino que mi interés es evidenciar sus remedos, sus imágenes arbitrariamente distorsionadas que se han venido abriendo paso en nuestro país, especialmente en Caldas y Manizales, esas que denomino lidermiento y emprenderazgo, esas cuyos avezados pregoneros recorren nuestras calles, o especialmente nuestras universidades, portando blancas camisetas, emotivas manillas y patrióticas banderitas.


Estos liderdedores y estos emprénderes, son cómicos porque dicen que la sola inteligencia y la simple ambición se traducen en un éxito perdurable; son peligrosos porque sólo persiguen entregarse a las cámaras para publicitar su fama; son cínicos porque su discurso de beneficio regional es el escudo de sus utilidades personales; son ingenuos porque creen que pueden salir a ganar batallas con espadas prestadas por el propio enemigo. Son hipócritas porque aseguran que con buenas noticias, en periódicos y sitios en Internet, recuperaremos la confianza en nosotros mismos y en nuestro departamento, cuando lo que hacen es evadir secretos que tantos colombianos y caldenses acallados, por la fuerza y la exclusión, guardan en sus bocas cerradas. Son ególatras porque ven en el liderazgo y en el emprendimiento un suceso de “grandes hombres y mujeres”, como de una especie de elegidos, ignorando que ambos valores, más que actos a los que se llega con pasos preestablecidas, son una forma de vivir que deviene de la humillación del corazón más que del cálculo de la razón, son cualidades siempre inacabadas, son estados que hasta el más común de los mortales es capaz de alcanzar, sin dinero, sin apellidos, sin educación, e incluso sin contarle a nadie lo excelente líder o emprendedor que es.


Así pues, seguro dando fe del lavado de cerebro, o mejor, del lavado de corazón al que me han sometido algunos jesuitas desde hace tiempo, he arribado a una hipótesis: en Caldas los que hemos llegado a creer en la fantasía del lidermiento y del emprenderazgo, medianamente hemos querido conocernos a nosotros mismos, descubrir nuestra luz y aceptar nuestra penumbra; medianamente hemos sido ingeniosos y escasa virtud hemos tenido a la hora innovar, más si se tiene en cuenta que hemos venido siendo los segundos en materia de desempleo casi los mismos años que hemos estado hablando de emprenderazgo; pero las faltas más grandes han sido la inexistente inclinación hacia el amor y el heroísmo, pues por estas tierras pocos son los líderes y emprendedores que le ofrecerían al otro hasta la propia vida, y pocos los dispuestos a defender sus ideas hasta morir por ellas; incluso quienes ya lo han hecho desaparecen en el olvido.


En el futuro de Caldas sólo parece divisarse de nuevo el comienzo, encerrados una historia circular en la que nada ni nadie cambia, una en la que esta columna se reescribe y se vuelve a leer, una en la que, como lo diría Estanislao Zuleta, nuestro pueblo, al ser incapaz de organizar una esperanza razonable que se traduzca en una fuerza creciente, termina por confiar en el delirio de que va a llegar alguien y se va a transformar el mundo. Pero deseo con todas mis fuerzas equivocarme, porque guardo una verdadera esperanza emprendedora, la misma de Paul, John, George y Ringo: “All you need is love”.


En memoria de Orlando Sierra, un verdadero líder y emprendedor de Caldas.


Bogotá D.C. Marzo de 2009


(Periódico LA PATRIA. 24 de Marzo de 2009. Manizales - Caldas. Ver en: www.lapatria.com)

sábado, 21 de marzo de 2009

CONMEMORACIÓN DEL GRAN CRONOPIO

Algunos argentinos se reunieron en una de las avenidas de Buenos Aires para jugar a la rayuela al ritmo del jazz. Este hecho no sólo hace memoria de la vida y obra de uno de los escritores latinoamericanos más influyentes del siglo XX, sino que nos demuestra una vez más que lo fantástico es real.


Creí haber soñado que la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires estaba adornada con coloridas rayuelas y que muchos de los transeúntes jugaban como niños sobre el asfalto, tirando su piedra y saltando con un pie mientras el otro yacía en el aire para soportar la risa. Creí incluso haber soñado que para toda esa lúdica fantástica se había destinado un fondo musical, donde saxofonistas vestidos de blanco interpretaban los compases que mágicamente se extienden en el Bebop de Charlie Parker.


Esa fiesta que creí un sueño, me recordó a un latinoamericano que se consideraba ajeno al telurismo aldeano, a la histeria patriotera, por considerarlo como el preámbulo del negativo nacionalismo que se obstina en exaltar los “valores de la nación” sobre los valores sin adjetivos; un latinoamericano que aseveró que “la humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre”; un latinoamericano que estaba convencido que eran los libros los que debían culminar en la realidad y no ésta en aquéllos; un latinoamericano que creyó nunca escribir con apriorismos para minorías o mayorías, pero que aseguró hacerlo con una intencionalidad que apuntaba a “esa esperanza de un lector en el que reside ya la semilla del hombre futuro”; un latinoamericano que sentenció que la literatura debe participar obligatoria y responsablemente en la historia, siendo al menos testigo de ésta; un latinoamericano para quien la contemplación y la creación estéticas sin otro fin que el placer, no se justificaban éticamente teniendo en cuenta los problemas vitales de los pueblos.


Lo que creí un sueño, me recordó a un escritor para quien lo fantástico no fue lo sobrenatural o paranormal, sino un intersticio de lo que se cree determinado y delimitado, por el cual, en cualquier momento, se cuelan elementos inexplicables por la inteligencia razonante, por las leyes, por la lógica, o por la causalidad del tiempo y del espacio; una escritor que demostró que lo fantástico era un paréntesis, una percepción de lo real que desplaza la habitualidad de la razón y la forma de vivir desde Aristóteles.


Lo que creí onírico me recordó a un cuentista cuya visión de lo fantástico retó a Kant, debido a su inversión y polarización valorativa, toda vez que al comprobar su arbitrariedad, su fragilidad y su particularidad, puso en evidencia la falacia de los “universales” estáticos y completos, la falacia de la “gran costumbre”, demostrando así que la máxima que acepta que la condición de posibilidad de la realidad es la posibilidad de nuestro conocimiento, debe invertirse a raíz de la percepción fantástica, pues en ésta, dada la condición de imposibilidad de la realidad, se arriba siempre a la imposibilidad de nuestro conocimiento. Lo que creí onírico me recordó a un cuentista que demostró que lo fantástico era lo que para Slavoj Zizek se encarna en el “síntoma”: una elemento particular que subvierte su propio fundamento universal, una especie que subvierte su propio género, una excepción que rompe con la unidad de lo que se cree real y que deja al descubierto su falsedad.


Ese juego mágico que creí un sueño, me recordó a un cronopio que dentro de la literatura vio al cuento como el vehículo y la casa natural de lo fantástico; un cronopio que entendió al jazz y al tango como formas de narración marginada, que son excepción y subversión de la narración de lo que se cree real, de lo habitual, de lo universal, de lo que él mismo denominó “gran costumbre”; un cronopio que definió los cronopios como sujetos que no se dejan definir, sujetos que una vez se comienza a describirlos “ya ellos te han quitado la silla”, sujetos cuyas conductas se asimilan “a la del poeta, la del asocial, la de la gente que vive al margen de las cosas”; un cronopio que insinuó que quien vive y pregona la hegemonía de la “gran costumbre” es un fama; un cronopio que aún nos habla siempre que se lea sin pasividad; un cronopio que creía que el azar hacía mejor las cosas que la lógica; un cronopio que nunca aceptó las cosas como dadas, sino que creyó que en cada una empezaba “un itinerario misterioso”; un cronopio que escribió “Rayuela”; un cronopio que sólo tres meses después pudo volver a acompañar a su Osita en su viaje solitario; un cronopio que, según lo escribió Cristina Peri Rossi al saber de su muerte, “con la certeza de quien siempre estuvo del otro lado del espejo” sabía que no moriría.


Ese juego fantástico que creí un sueño, fue real, no lo soñé y sucedió en memoria de Julio Cortázar transcurridos veinticinco años desde ese 12 de Febrero de 1984, el día de su muerte.

Bogotá D.C., Marzo de 2009


(Periódico FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. I Trimestre 2009. Bogotá D.C.)

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miércoles, 11 de marzo de 2009

UNA VOZ

En una época ya lejana, cercana para los optimistas que aún así lo prefieren ver, la opinión caldense era pilar fundamental del direccionamiento de las políticas nacionales. Grandes pensadores, esos mismos que hoy vemos en la distancia temporal, alcanzaban a imponer algunas decisiones de la misma manera como lograban disuadir el derrumbamiento de otras. Hoy, de ellos, además de unas cuantas avenidas que llevan sus nombres, tan sólo nos han quedado palabras que se ven allá empolvadas a lo lejos del tiempo, tan distantes, que algunos a veces creemos que nacieron no sólo en otras épocas, sino en otras tierras. Tristemente al consumirse el tiempo, Caldas pasó a ser un departamento como cualquier otro de esta paradójica nación, una región donde se vive de la conformidad, de esa misma que sigue nombrando a Manizales como el mejor “vividero”; una región donde se parece vivir de una esperanza postergada, de una ilusión que hemos puesto en manos de la voluntad de unos pocos que día a día nos defraudan. Lo más angustioso es ver como toda una generación, a la que pertenezco, nació en un Caldas sin voz, en una tierra que perdió la palabra, porque con ellos se la llevaron caldenses como Gilberto Alzate, Otto Morales y Bernardo Jaramillo; esos mismos que nos enseñaron a adueñarnos de nuestra voz, esos que con ímpetu, desde sus radicales extremos políticos, no se dejaron nunca arrebatar sus palabras.


El error ha sido de una generación censurada que prefiere mantenerse alejada del discurso. En los tiempos que corren, vemos una sociedad caldense más adormecida que despabilada, una que parece haberse sentado a esperar a que las soluciones vengan de un cercano pero ajeno centro, y a que la voz sea tomada por unos embusteros domésticos, quienes mostrándose como una “nueva renovación”, no son más que otra de las hegemonías corruptas que parecen inmanentes a nuestra tierra. Hoy, y para nadie es secreto, existe una juventud en su mayoría perezosa frente a los temas regionales que exigen nuevas y buenas ideas. A Manizales se le pasa el tiempo siendo la “Ciudad Universitaria” de los universitarios mudos, de los universitarios politiqueros que por su juventud se creen más honorables, y de los universitarios que aún creen que con la típica protesta de marcha y papabomba, se puede conmover una sociedad no sólo inerte, sino enceguecida con lo intrascendente y ensordecida con males tan profundos como la migración, el estancamiento y el desempleo.


Es injusto dejar de destacar gestiones que las nuevas generaciones del departamento han hecho realidad, pero prefiero mi terquedad para creer que nada ha sido suficiente, porque sólo así esta voz llegará a corazones callados pero indómitos, a corazones dispuestos a tomarse los espacios necesarios para exponer y hacer oír las voces propias, a corazones decididos a arrebatarle la palabra a quienes nos engañaron con su quimérica renovación política y social.


Cuando pienso en que la voz de Caldas ha sido tomada por dueños indeseables, recuerdo lo asombroso que ha sido el fenómeno generado por Sergio Fajardo en el seno de la juventud manizaleña. Me considero un admirador suyo, pero veo con preocupación la posibilidad de que el discurso provocador que en sí mismo encarna, sea cooptado por quienes durante tanto tiempo, más de lo que tengo de vida, han retenido el poder de la palabra para su beneficio. Temo que toda esa energía de dichos jóvenes pueda terminar desgastándose al servicio de quienes en la región se oponen al cambio estructural, aquellos que siempre han estado dispuestos a montarse en el bus de los ganadores, tan sólo con el fin de aprovecharse de otra imagen fresca que les habrá de facilitar el discurso que requiere su malintencionado objetivo: la conservación de su poder económico y político en detrimento del avance de la región. Ojalá este grupo de jóvenes, la mayoría de ellos autoproclamados como emprendedores, no caiga en otra de las trampas engañosas que esta indeseada clase social les ha sabido tender; ojalá comprendan que para la región, el emprendimiento verdadero no puede patrocinarse desde el sector que menos quiere ver amenazados sus balances económicos y electorales, simplemente porque el emprendimiento real debe ser en sí mismo desestabilizador y renovador.


Los caldenses de hoy somos una generación sin voz a la que las palabras de los brillantes antepasados se nos empolvaron en la mente y se nos atascaron en la garganta, es hora, más que de retomar esas ideas del pasado de Caldas, de volver a imaginar y a pregonar sueños. Es posible volver a poner la voz del departamento en su lugar, encaminarla hacia la justicia y el progreso, pero esta vez debe hacerse con la voluntad de una generación decidida a edificar una verdadera visión de lo que siempre debimos ser, una extraordinaria región resuelta a no enmudecer.

BOGOTÁ D.C., FEBRERO DE 2009

(Periódico LA PATRIA. 14 de Febrero de 2009. Manizales - Caldas.)