miércoles, 25 de marzo de 2009

LIDERMIENTO Y EMPRENDERAZGO

Si quisiera elegir por donde empezar, hablaría de un amigo jesuita que me demostró que “un líder es aquél que ni siquiera sabe que lo es”, pero mejor voy iniciar con la ocasión en la que oí al filósofo Guillermo Hoyos Vásquez manifestar su preocupación, por cómo el fenómeno del liderazgo nos ha venido trayendo hasta un estado donde muchas personas se creen caciques y muy pocas están dispuestas a ser indios. Allí, en parte comprendí ese malestar que desde tiempo atrás siento por todos los que me dicen que debo explotar mis “cualidades innatas” de líder, por todo conferencista que me exhorta a conocer los doce pasos para ser “el líder de los líderes” (que me suena como a ser el “papá de los amores, ¡oa!”) y hasta por los libros que a un lado de las cajas registradoras exponen títulos tan concretos y metafóricos como: “Madera de líder” (Puig, 2004), “Qué hacen los líderes para obtener los mejores resultados” (Baldoni, 2008) y “El club del liderazgo” (Cubeiro & Sainz, 2005).


Manizales me ha enseñado desde niño dos cosas: a amarla, pero sobretodo a desconfiar de todo aquel que se presente, o sea presentado, como líder o emprendedor. ¿Qué hay más risible que un joven, o un viejo de ‘blue jeans’ y tenis, que mientras afirma su presunta capacidad de emprender y liderar, no hace otra cosa que aceptar precisamente su debilidad y su falta?


No quiero arremeter contra el emprendimiento y el liderazgo, sino que mi interés es evidenciar sus remedos, sus imágenes arbitrariamente distorsionadas que se han venido abriendo paso en nuestro país, especialmente en Caldas y Manizales, esas que denomino lidermiento y emprenderazgo, esas cuyos avezados pregoneros recorren nuestras calles, o especialmente nuestras universidades, portando blancas camisetas, emotivas manillas y patrióticas banderitas.


Estos liderdedores y estos emprénderes, son cómicos porque dicen que la sola inteligencia y la simple ambición se traducen en un éxito perdurable; son peligrosos porque sólo persiguen entregarse a las cámaras para publicitar su fama; son cínicos porque su discurso de beneficio regional es el escudo de sus utilidades personales; son ingenuos porque creen que pueden salir a ganar batallas con espadas prestadas por el propio enemigo. Son hipócritas porque aseguran que con buenas noticias, en periódicos y sitios en Internet, recuperaremos la confianza en nosotros mismos y en nuestro departamento, cuando lo que hacen es evadir secretos que tantos colombianos y caldenses acallados, por la fuerza y la exclusión, guardan en sus bocas cerradas. Son ególatras porque ven en el liderazgo y en el emprendimiento un suceso de “grandes hombres y mujeres”, como de una especie de elegidos, ignorando que ambos valores, más que actos a los que se llega con pasos preestablecidas, son una forma de vivir que deviene de la humillación del corazón más que del cálculo de la razón, son cualidades siempre inacabadas, son estados que hasta el más común de los mortales es capaz de alcanzar, sin dinero, sin apellidos, sin educación, e incluso sin contarle a nadie lo excelente líder o emprendedor que es.


Así pues, seguro dando fe del lavado de cerebro, o mejor, del lavado de corazón al que me han sometido algunos jesuitas desde hace tiempo, he arribado a una hipótesis: en Caldas los que hemos llegado a creer en la fantasía del lidermiento y del emprenderazgo, medianamente hemos querido conocernos a nosotros mismos, descubrir nuestra luz y aceptar nuestra penumbra; medianamente hemos sido ingeniosos y escasa virtud hemos tenido a la hora innovar, más si se tiene en cuenta que hemos venido siendo los segundos en materia de desempleo casi los mismos años que hemos estado hablando de emprenderazgo; pero las faltas más grandes han sido la inexistente inclinación hacia el amor y el heroísmo, pues por estas tierras pocos son los líderes y emprendedores que le ofrecerían al otro hasta la propia vida, y pocos los dispuestos a defender sus ideas hasta morir por ellas; incluso quienes ya lo han hecho desaparecen en el olvido.


En el futuro de Caldas sólo parece divisarse de nuevo el comienzo, encerrados una historia circular en la que nada ni nadie cambia, una en la que esta columna se reescribe y se vuelve a leer, una en la que, como lo diría Estanislao Zuleta, nuestro pueblo, al ser incapaz de organizar una esperanza razonable que se traduzca en una fuerza creciente, termina por confiar en el delirio de que va a llegar alguien y se va a transformar el mundo. Pero deseo con todas mis fuerzas equivocarme, porque guardo una verdadera esperanza emprendedora, la misma de Paul, John, George y Ringo: “All you need is love”.


En memoria de Orlando Sierra, un verdadero líder y emprendedor de Caldas.


Bogotá D.C. Marzo de 2009


(Periódico LA PATRIA. 24 de Marzo de 2009. Manizales - Caldas. Ver en: www.lapatria.com)

sábado, 21 de marzo de 2009

CONMEMORACIÓN DEL GRAN CRONOPIO

Algunos argentinos se reunieron en una de las avenidas de Buenos Aires para jugar a la rayuela al ritmo del jazz. Este hecho no sólo hace memoria de la vida y obra de uno de los escritores latinoamericanos más influyentes del siglo XX, sino que nos demuestra una vez más que lo fantástico es real.


Creí haber soñado que la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires estaba adornada con coloridas rayuelas y que muchos de los transeúntes jugaban como niños sobre el asfalto, tirando su piedra y saltando con un pie mientras el otro yacía en el aire para soportar la risa. Creí incluso haber soñado que para toda esa lúdica fantástica se había destinado un fondo musical, donde saxofonistas vestidos de blanco interpretaban los compases que mágicamente se extienden en el Bebop de Charlie Parker.


Esa fiesta que creí un sueño, me recordó a un latinoamericano que se consideraba ajeno al telurismo aldeano, a la histeria patriotera, por considerarlo como el preámbulo del negativo nacionalismo que se obstina en exaltar los “valores de la nación” sobre los valores sin adjetivos; un latinoamericano que aseveró que “la humanidad empezará verdaderamente a merecer su nombre el día en que haya cesado la explotación del hombre por el hombre”; un latinoamericano que estaba convencido que eran los libros los que debían culminar en la realidad y no ésta en aquéllos; un latinoamericano que creyó nunca escribir con apriorismos para minorías o mayorías, pero que aseguró hacerlo con una intencionalidad que apuntaba a “esa esperanza de un lector en el que reside ya la semilla del hombre futuro”; un latinoamericano que sentenció que la literatura debe participar obligatoria y responsablemente en la historia, siendo al menos testigo de ésta; un latinoamericano para quien la contemplación y la creación estéticas sin otro fin que el placer, no se justificaban éticamente teniendo en cuenta los problemas vitales de los pueblos.


Lo que creí un sueño, me recordó a un escritor para quien lo fantástico no fue lo sobrenatural o paranormal, sino un intersticio de lo que se cree determinado y delimitado, por el cual, en cualquier momento, se cuelan elementos inexplicables por la inteligencia razonante, por las leyes, por la lógica, o por la causalidad del tiempo y del espacio; una escritor que demostró que lo fantástico era un paréntesis, una percepción de lo real que desplaza la habitualidad de la razón y la forma de vivir desde Aristóteles.


Lo que creí onírico me recordó a un cuentista cuya visión de lo fantástico retó a Kant, debido a su inversión y polarización valorativa, toda vez que al comprobar su arbitrariedad, su fragilidad y su particularidad, puso en evidencia la falacia de los “universales” estáticos y completos, la falacia de la “gran costumbre”, demostrando así que la máxima que acepta que la condición de posibilidad de la realidad es la posibilidad de nuestro conocimiento, debe invertirse a raíz de la percepción fantástica, pues en ésta, dada la condición de imposibilidad de la realidad, se arriba siempre a la imposibilidad de nuestro conocimiento. Lo que creí onírico me recordó a un cuentista que demostró que lo fantástico era lo que para Slavoj Zizek se encarna en el “síntoma”: una elemento particular que subvierte su propio fundamento universal, una especie que subvierte su propio género, una excepción que rompe con la unidad de lo que se cree real y que deja al descubierto su falsedad.


Ese juego mágico que creí un sueño, me recordó a un cronopio que dentro de la literatura vio al cuento como el vehículo y la casa natural de lo fantástico; un cronopio que entendió al jazz y al tango como formas de narración marginada, que son excepción y subversión de la narración de lo que se cree real, de lo habitual, de lo universal, de lo que él mismo denominó “gran costumbre”; un cronopio que definió los cronopios como sujetos que no se dejan definir, sujetos que una vez se comienza a describirlos “ya ellos te han quitado la silla”, sujetos cuyas conductas se asimilan “a la del poeta, la del asocial, la de la gente que vive al margen de las cosas”; un cronopio que insinuó que quien vive y pregona la hegemonía de la “gran costumbre” es un fama; un cronopio que aún nos habla siempre que se lea sin pasividad; un cronopio que creía que el azar hacía mejor las cosas que la lógica; un cronopio que nunca aceptó las cosas como dadas, sino que creyó que en cada una empezaba “un itinerario misterioso”; un cronopio que escribió “Rayuela”; un cronopio que sólo tres meses después pudo volver a acompañar a su Osita en su viaje solitario; un cronopio que, según lo escribió Cristina Peri Rossi al saber de su muerte, “con la certeza de quien siempre estuvo del otro lado del espejo” sabía que no moriría.


Ese juego fantástico que creí un sueño, fue real, no lo soñé y sucedió en memoria de Julio Cortázar transcurridos veinticinco años desde ese 12 de Febrero de 1984, el día de su muerte.

Bogotá D.C., Marzo de 2009


(Periódico FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. I Trimestre 2009. Bogotá D.C.)

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miércoles, 11 de marzo de 2009

UNA VOZ

En una época ya lejana, cercana para los optimistas que aún así lo prefieren ver, la opinión caldense era pilar fundamental del direccionamiento de las políticas nacionales. Grandes pensadores, esos mismos que hoy vemos en la distancia temporal, alcanzaban a imponer algunas decisiones de la misma manera como lograban disuadir el derrumbamiento de otras. Hoy, de ellos, además de unas cuantas avenidas que llevan sus nombres, tan sólo nos han quedado palabras que se ven allá empolvadas a lo lejos del tiempo, tan distantes, que algunos a veces creemos que nacieron no sólo en otras épocas, sino en otras tierras. Tristemente al consumirse el tiempo, Caldas pasó a ser un departamento como cualquier otro de esta paradójica nación, una región donde se vive de la conformidad, de esa misma que sigue nombrando a Manizales como el mejor “vividero”; una región donde se parece vivir de una esperanza postergada, de una ilusión que hemos puesto en manos de la voluntad de unos pocos que día a día nos defraudan. Lo más angustioso es ver como toda una generación, a la que pertenezco, nació en un Caldas sin voz, en una tierra que perdió la palabra, porque con ellos se la llevaron caldenses como Gilberto Alzate, Otto Morales y Bernardo Jaramillo; esos mismos que nos enseñaron a adueñarnos de nuestra voz, esos que con ímpetu, desde sus radicales extremos políticos, no se dejaron nunca arrebatar sus palabras.


El error ha sido de una generación censurada que prefiere mantenerse alejada del discurso. En los tiempos que corren, vemos una sociedad caldense más adormecida que despabilada, una que parece haberse sentado a esperar a que las soluciones vengan de un cercano pero ajeno centro, y a que la voz sea tomada por unos embusteros domésticos, quienes mostrándose como una “nueva renovación”, no son más que otra de las hegemonías corruptas que parecen inmanentes a nuestra tierra. Hoy, y para nadie es secreto, existe una juventud en su mayoría perezosa frente a los temas regionales que exigen nuevas y buenas ideas. A Manizales se le pasa el tiempo siendo la “Ciudad Universitaria” de los universitarios mudos, de los universitarios politiqueros que por su juventud se creen más honorables, y de los universitarios que aún creen que con la típica protesta de marcha y papabomba, se puede conmover una sociedad no sólo inerte, sino enceguecida con lo intrascendente y ensordecida con males tan profundos como la migración, el estancamiento y el desempleo.


Es injusto dejar de destacar gestiones que las nuevas generaciones del departamento han hecho realidad, pero prefiero mi terquedad para creer que nada ha sido suficiente, porque sólo así esta voz llegará a corazones callados pero indómitos, a corazones dispuestos a tomarse los espacios necesarios para exponer y hacer oír las voces propias, a corazones decididos a arrebatarle la palabra a quienes nos engañaron con su quimérica renovación política y social.


Cuando pienso en que la voz de Caldas ha sido tomada por dueños indeseables, recuerdo lo asombroso que ha sido el fenómeno generado por Sergio Fajardo en el seno de la juventud manizaleña. Me considero un admirador suyo, pero veo con preocupación la posibilidad de que el discurso provocador que en sí mismo encarna, sea cooptado por quienes durante tanto tiempo, más de lo que tengo de vida, han retenido el poder de la palabra para su beneficio. Temo que toda esa energía de dichos jóvenes pueda terminar desgastándose al servicio de quienes en la región se oponen al cambio estructural, aquellos que siempre han estado dispuestos a montarse en el bus de los ganadores, tan sólo con el fin de aprovecharse de otra imagen fresca que les habrá de facilitar el discurso que requiere su malintencionado objetivo: la conservación de su poder económico y político en detrimento del avance de la región. Ojalá este grupo de jóvenes, la mayoría de ellos autoproclamados como emprendedores, no caiga en otra de las trampas engañosas que esta indeseada clase social les ha sabido tender; ojalá comprendan que para la región, el emprendimiento verdadero no puede patrocinarse desde el sector que menos quiere ver amenazados sus balances económicos y electorales, simplemente porque el emprendimiento real debe ser en sí mismo desestabilizador y renovador.


Los caldenses de hoy somos una generación sin voz a la que las palabras de los brillantes antepasados se nos empolvaron en la mente y se nos atascaron en la garganta, es hora, más que de retomar esas ideas del pasado de Caldas, de volver a imaginar y a pregonar sueños. Es posible volver a poner la voz del departamento en su lugar, encaminarla hacia la justicia y el progreso, pero esta vez debe hacerse con la voluntad de una generación decidida a edificar una verdadera visión de lo que siempre debimos ser, una extraordinaria región resuelta a no enmudecer.

BOGOTÁ D.C., FEBRERO DE 2009

(Periódico LA PATRIA. 14 de Febrero de 2009. Manizales - Caldas.)

lunes, 26 de enero de 2009

SUSPIROS EN EL ESPEJO

A quien sólo con suspiros ama.


Ya sólo quedaba esperar a que me abrazara la muerte que a mi lado estaba. Esa tierra, en complicidad con el tiempo, me había ido arrebatando todo con la misma tenacidad con la que todo me lo había dado; sin embargo una injusticia divina hubiera sido embarcarme en el desagradecimiento, pues esa vida cómoda, inútil, había transcurrido ya en su mayor parte brindándome más de lo que yo había ofrecido. Mientras los años, con sus números mayores, traían consigo la fatalidad y la certeza de lo vivido, el tiempo mientras más se acercaba a su deceso, más temeroso caminaba, más lento convertía su andar.


Mientras que con su recuerdo compartía la soledad de mi corazón, y con Lucrecio compartía la soledad de esa casa, pasaba los días observando ese parque que al frente de mi ventana siempre había estado, cuyos árboles y bancos parecieron invisibles por mucho tiempo, hasta que se convirtieron en el encanto mismo de mis monótonos anocheceres. No obstante, esas últimas noches las había pasado viéndolos. Había tenido que observar cómo siempre asían sus manos, cómo tomaban al final de cada tarde uno de los bancos como soporte de su cariño y sus besos. Ni siquiera la aventura de morir me había quedado, sólo verlos.


Allí venían de nuevo. Mientras caía la tarde los vi llegar una vez más. Juntaban sus manos con fuerza. Ella, en su otra mano, traía la rosa más grande que jamás he visto, mientras que él, arrimándose al banco de siempre, removía del contorno de su boca diminutos trozos del chocolate que ella le acababa de regalar al recogerla en su casa. Se sentaron, se acomodaron de tal forma que nunca se dejaban de mirar; mientras los ojos de él se advertían distraídos, como esos que se pierden en la lucha del pensamiento contra el tiempo, los de ella se mantenían firmes con esa tenacidad que sólo se logra cuando se siente que cada instante es el último.


Divino Señor, si hubiera recordado disfrutar los días al lado de él, como si cada uno de ellos fuera el último, talvez no me hubiera atormentado de la misma forma esa sensación de no acordarme de algo pendiente, de creer siempre que algo había dejado al salir (al salir de mi cama, al salir del baño, al salir de mi casa al antejardín con mi enfermera). Si hubiera sabido que me iba a dejar tan pronto, y digo pronto no por el tiempo que hayamos vivido sino por el tiempo que su muerte antecedió a la mía, seguro no hubiera dejado que los últimos años se encerraran en una cotidianidad circular de palabras que se repetían, de resabios que ya no resquebrajaban la normalidad y de nostalgia que obligaba a recordar lo perdido (sabiendo qué era lo perdido pero no lo que se debía recordar).


Hubieras visto cómo tomaba sus manos. Hablaban de cosas mundanas esperando que sus corazones fueran los que se perdieran en el infinito, acariciaban todo lo que no se conformaban con tan sólo ver; ella rozaba con una mano el cuello de él, mientras éste pasaba con suavidad uno de sus dedos por el arco de la nariz de ella. (Si hubieran sabido que a mí tan sólo me quedaba acariciar el cuello de Lucrecio, mientras éste me compartía nada más que su ronronear).


Continuaron hablando, dejando que entre una que otra frase se colara un beso que siempre a alguno de los dos tomaba desapercibido. Se acomodaban y reacomodaban en el banco. El viento frío soplaba mientras la Luna los adornaba. Las nubes deformes pasaban sobre sus cabezas y la lluvia se olvidó que debía caer. De vez en cuando él se ponía de pie para recrear su narración. Se reían como niños.


Esa, como todas las noches, alcanzaron a divisarme. Siempre fueron concientes de mi distante presencia espectadora. Ellos creían que eran quienes interrumpían mi encuentro con la noche, pero desconocían que era yo quien esperaba el final de la tarde para arrebatarles lo único que realmente les pertenecía. Al principio, con un dejo de lástima, pensaron que era una de esas viejas chifladas cuyas enfermeras apoltronan en la ventana, junto a sus gatos, para que consigan algo de entretenimiento durante el día, persiguiendo la mutación de las sombras y viendo el rodar de un mundo al que sus desgastadas mentes y sus trajinados corazones ya no les permiten acceder. Pero después no dudaron de mi conciencia a pesar del tiempo tallado en mi cuerpo, y entonces sospecharon que me escandalizaba por lo que desde lejos los veía hacer. Así, los Viernes dieron espera a sus deseos hasta que yo cerraba la cortina en honor a su amor; los Sábados prefirieron marcharse debido a que mis ánimos de vengar su muerte, de vengar el paso de los años, trababan el cordel del cortinero para frustrar esa felicidad ajena; hasta que los Domingos, como ese, burlaron mi venganza y enfrentaron su pena de compartir conmigo sus caricias y sus besos. Sabíamos que sus labios perturbaban tanto los míos como los de su amada.


Pasaron minutos, no sólo un par sino varios, pero fui yo quien se percató de ello. Se prepararon para partir, se pusieron de pie, se sumergieron en un abrazo y de inmediato voltearon para corroborar si persistía allí, observándolos. Sospecharon que divisaba una realidad que ya no me pertenecía, un estado que ya nunca más entendería. Pero entendía lo suficiente: reconocía que sola me había quedado y que mi amor rebosaba un recuerdo. Entendía que la muerte desde hacía algunas noches se sentaba a mi lado y de mí se burlaba. Pero esa vez fue distinto, porque esa noche ya no me hizo suspirar de amor habiéndome prometido hacerme suspirar de muerte. En esa ocasión, fue en honor a mi muerte que por última vez me hizo suspirar de amor.


Él, de pie, tomando la blanca mano de ella, después de ofrecerme desde lo lejos su particular sonrisa forzada, besó sus labios con fuerza, con esa pasión con la que solía robarse mi alma. Ella sólo suspiró, preciso como él me hacía suspirar. Suspiró mientras yo suspiraba. Suspiré mientras ella suspiraba. La besó mientras era yo la que suspiraba. Era sólo un suspiro, una pérdida ínfima del aliento… Sí, así es, ella suspiró, perdió el aliento, y yo sólo dejé de respirar.

BOGOTÁ DC. OCTUBRE.2008

BOGOTÁ DC. ENERO.2009

martes, 30 de septiembre de 2008

HELENA Y PETER PAN: UNA POLÍTICA DE AMOR

Las dos cosas más importantes en la vida son, en su estricto orden, el amor y la política.
Otto Morales Benítez

Estimado doctor:

He querido empezar con esta cita del maestro caldense, para señalar que si bien, como usted lo cita, a la gente le gusta hablar de lo que menos sabe, del amor y de la política, lo hace simplemente porque ambas son la vida misma; y si se dice que de ello poco saben, es porque ambas, como la vida, encuentran poco de su verdad en la razón.
Debo ser yo quien dé respuesta a su opinión publicada por este medio, puesto que he sido en gran medida el culpable de que a lo largo de este año se haya abierto camino una expresión que late de manera tímida en los pasillos de nuestra facultad: “El desamor del Derecho”. Por mi parte aún no puedo cambiar de posición, puesto que todavía veo como para la mayoría de nosotros, los operadores jurídicos, el Derecho es más un instrumento de supervivencia y acumulación que una herramienta de construcción de armonía. Veo con tristeza como los estudiantes preferimos una simple transmisión de información útil para el propio desempeño laboral, en vez de adentrarnos de lleno al conocimiento jurídico para construir lo que no se ha hecho.

Dar a entender que poco podemos nosotros los estudiantes hablar del amor al Derecho, por ser quienes apenas estamos conociendo su mundo, es una posición nada más que fundada en la terquedad de la experiencia, en el pensamiento que otorga un valor infundado a lo vivido; es en cierta forma afirmar que nuestra generación, debido a su incredulidad según usted, tan sólo debe esperar a entrar del todo en el mundo jurídico como esperó la suya, para poder por fin hablar de lo que es el real amor al Derecho; pero creo que esto llevaría a que mi generación le entregara al país tanto como le entregó la suya, sólo por culpa de no creerle a ese amor a primera vista en el que usted hoy aún poco confía.

No creo que la opción nuestra sea una vez más quedarse a esperar a que la sabiduría de los años nos muestre el verdadero sentido de un sentimiento, a que nos señale un camino que han seguido ya varios pudiendo nosotros, con ese mismo sentimiento que abrazaba nuestros corazones el primer día de universidad, comenzar a construir uno nuevo que a algún destino distinto nos habrá de llevar.

Me quedo con esa visión del Derecho que tienen muchos de los primíparos y pocos de los maestros, esa visión cuyo amor se encarna en el deseo de transformación, solidaridad y dignidad. Prefiero construir mi vida en un Derecho que parta de eso que, como bien puede recordarlo el fiel lector de FORO, aprendí de Helena: optar siempre por el amor que pone la esperanza en los sueños por cumplir, en vez de quedarse elaborando un amor calculado que no servirá para nada distinto que hacernos creer que hemos obrado bien, cuando tan sólo hemos servido a nuestros propios intereses.

Ojalá siempre en el Derecho sea un Peter Pan, más que por no querer crecer, por crecer sin dejar de ser niño, sin dejar de amar, sin esperar mayor recompensa. Sueño en convertirme en abogado sin olvidar esos sueños puros del primer día de universidad, esos sueños que estoy seguro usted guarda en el fondo de su corazón y que antes ha sido el paso de los años lo que los ha empolvado. ¡Ojalá haya más niños perdidos por ahí!

MANIZALES. SEPTIEMBRE. 2008
(FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. III Trimestre 2008. Bogotá DC.)

EL DÍA DEL PITAZO FINAL

El Gol es algo tan sagrado que las profanas manos del Derecho difícilmente pueden alcanzar; pero poco importa cuando hay un reglamento por aplicar.

Pienso “deque” es un orgullo para mí, atendiendo a la confianza que me ha brindado “el profe”, tener la oportunidad de, además de “venir a aportarle al equipo lo que uno sabe”, exponerles el momento histórico que he presenciado y que ha partido en dos, o más bien en 22 más un arbitro con balón, la historia del Derecho. Tengo el honor de, mas que de hacer parte de “la seletción”, contarles como el Derecho ha tenido la gracia divina de recibir en su nómina histórica (“el fantasma” Hammurabi, “el patrón” Justiniano, Bartolomeo “el saxo” Ferrato, Hans “el mono” Kelsen, Duncan “pikiña” Kennedy, entre otros) toda la experiencia que ha venido a ofrecerle el deporte más popular del mundo, el fútbol; quizás lo más “popular” en que los abogados participamos.

Roberto Fontanarrosa, un escritor y caricaturista argentino sometido a la crueldad de la locura por el fútbol, antes de morir tuvo la oportunidad de enseñarnos que quienes hemos asistido en vivo y en directo, o en televisivo e indirecto, a la definición por penales que permitirá a nuestro equipo seguir en la Copa Libertadores, debemos tomar conciencia de que si hemos sobrevivido a ello, a superar la muerte a cada disparo desde los doce pasos, tenemos asegurado un futuro de fortaleza física y mental inapelable. Él estaba convencido de que el fútbol estaba creando una raza mejor y más fuerte, tal como las cucarachas que sobreviven incluso a explosiones atómicas, tal como los hinchas de Millonarios que aún viven sin verlo campeón, tal como los que aún no pasan el preparatorio de Derecho Privado.

Pero vaya sorpresa lo que no pudo Fontanarrosa ver: ¡Abogados jugando fútbol! Sí, dizque jugando fútbol. Sí, dizque abogados. El maestro argentino se equivocó en parte, pues si bien el fútbol venía depurando la especie humana, es en este punto donde ya podría hablarse del punto culminante de la evolución: Un abogado de guayos y “cortos”, mostrando las “pálidas” e intentando dominar un balón con los pies. Somos tan superiores que no necesitamos meter goles para ganar, pues con sólo el reglamento logramos eliminar contrarios; obvio, sí sabemos cuando es que la forma debe primar sobre la sustancia. El arbitro para nosotros es poca cosa, siempre existe la forma de persuadirlo, de engañarlo, de insultarlo (o sus espaldas generalmente), de comprarlo en casos extremos, o de interponerle un recurso de reposición (bueno aún no, pero uno nunca sabe con lo de la Reforma de la Justicia); el “de negro” no nos amedrenta, somos los abogados quienes sabemos cómo es que se actúa ante un juez.

Fútbol y Derecho, muy juntos aunque no lo crean, es algo que enorgullece el Derecho pero que al parecer profana el fútbol, puesto que aún, siendo la raza superior de quienes dominamos la “pecosa” mientras en el camerino nos espera el Estatuto Tributario, no conseguimos salir airosos al acercarnos a algo tan sagrado como el Gol, eso sí, no es por culpa de nuestra inhabilidad deportiva, sino porque aún no encontramos la vía (“de hecho”) para solucionar nuestra débil ofensiva. Lo que por ahora me queda claro, es que en el fútbol como en el Derecho, puede ser una mentira la fantasía popular de que la sabiduría viene con los años, además de que nos enseñan, ambos, a no estar seguros de nada, a dudar de todo: en el fútbol “nada está escrito”, y en el Derecho hay que “esperar la jurisprudencia de la Corte”.

¡Pero Roberto algo pasa! Sé que estabas convencido de que el fútbol, como las mujeres, es, en principio, inexplicable; leímos como aseguraste que “por fortuna, Dios, en su infinita sabiduría, mantiene a las mujeres algo alejadas del más popular de los deportes”; sólo vos podías estar seguro de que “sería extenuante, indudablemente, procurar entender ambos fenómenos al mismo tiempo”; sin embargo si estuvieras vivo te sorprenderías como las mujeres se acercan cada vez más a la “grama” y a la “tribuna”, pero no sólo mujeres Roberto, también abogadas. Un fantasma recorre el mundo, algo está cambiando Roberto, ojalá te quedes allá disfrutando de la eternidad mientras el mundo se hace llamas.

BOGOTÁ DC. SEPTIEMBRE. 2008
(FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. III Trimestre 2008. Bogotá DC.)

LA FIESTA DEL TORO

Fue en una tarde lluviosa donde vi por primera vez cómo la nobleza y la valentía eran más importantes que la sangre derramada en el ruedo. Será en una tarde lluviosa donde, sin poder explicarlo, lloraré la belleza y la bravura antes que la muerte.

Era una tarde propia de enero, o mejor, una tarde de enero propia de Manizales, una de esas en las que al alegre sol lo sorprende la presentida lluvia. Llovía a cántaros sobre la arena, igual sobre los espectadores que hacia ella poníamos nuestras miradas, y la idea que no abandonaba mi mente de niño era por qué el que construyó la plaza de toros no fue tan inteligente como el que hizo el estadio de fútbol, ¿cómo fue que no se le ocurrió inventarse un techo?

Obvio, para mí, con mi corta edad, ir a una corrida de toros en la Monumental era un plan tan sencillo como ir a un partido del Once Caldas en el Palogrande. Para ambos se llevaba el respectivo cojín publicitario de la licorera, se llevaba el impermeable que habría de protegernos de la inclemencia de la fiel lluvia, mi papá se terciaba su radio en el cuello y mi mamá nos despedía desde la puerta con rezos al infaltable Espíritu Santo; algo sí cambiaba para ir a los toros, la ausencia de la gloriosa camiseta blanca y la presencia de una “bota” que no era para los pies sino que se llevaba al hombro y en cuyo interior se portaba un secreto que mi papá compartía con los del lado en la grada pero nunca conmigo.

Y fue esa tarde lluviosa, esa misma en la que vi a mi padre llorar de la emoción por culpa de los infinitos “naturales” de José Tomás, en la que, ahora comprendo, comenzó mi vida en una tradición cuya complejidad misma la hace inexplicable, en algo que escapa a la razón tal y como hoy no se explica mi necesidad de vestirme, de comer lo que como, de vivir en democracia, de adquirirlo todo con dinero y de hablar y escribir exactamente con los mismos símbolos con los que me entienden. Esa tarde nunca imaginé que mi papá me inducía en un mundo de magia irracional, en un mundo que nunca se acaba de conocer, en un mundo que requiere de un gusto que ni siquiera en este artículo podrá nadie comprender.

Es la fiesta del toro, esa misma que aterró y después enamoró a Hemingway, a la que hoy se le reclama que deje atrás el salvajismo y la violencia, para darle paso al respeto por la vida y por la naturaleza; pero de algo no se han percatado, nosotros en el ruedo nada de eso vemos, sencillamente experimentamos todo lo contrario: armonía, belleza y respeto por el toro. Para el buen taurino es más importante la nobleza y la bravura del toro que su sangre y su muerte. ¿Cómo se explica eso? ¿Cómo se explica su carácter cultural?

A lo mejor estaría bien acudir a argumentos jurídicos, pero en mi humilde opinión el hecho de que se señale legalmente a la tauromaquia como valor integrante del patrimonio cultural de la Nación puede no ser muy diciente de la verdad popular, más cuando hoy por hoy resulta tan discutible la representatividad de nuestro cómico Congreso. Por eso hoy renunciaré a mi carácter de estudiante de derecho, hecho que me facultaría para dar por terminada la discusión ante un argumento fundado en el ordenamiento jurídico, y optaré por poner mejor sobre la mesa algunas razones un poco más serias: fui un niño que vio llorar a su padre en su primera corrida, con él seguí yendo, y hoy siento los toros como parte de mi vida.

A esas recurrente pregunta que mis conocidos me hacen para indagar la razones por las cuales considero las corridas de toros como algo cultural, sólo he conseguido responder, el igual número de veces, con preguntas: ¿Por qué ese mismo niño que al ver el asesinato de un cerdo lloró hasta perder las lágrimas en diciembre, fue capaz, en enero de resistir la masacre de cerca de 40 toros en tan sólo una semana? ¿Será que yo era ecologista en diciembre y enero me daba un repentino ataque de crueldad y sadismo? Sólo he atinado a responder con preguntas por la impotencia que me produce ver cómo, ante la incuestionable muerte de un ser vivo, miles de personas acuden a las plazas de toros a disfrutar de un “pase” bien logrado en vez del derramamiento de sangre, a contemplar a un toro que deberá tratarse con respeto incluso después de su muerte.

A esta paradoja pocas salidas pueden encontrársele, pocas respuestas pueden explicársele, y quizás el taurino que pretenda hacerlo no pasará de ser un pretencioso. Quizás por eso es que resulta tan desdeñable toda discusión entre antitaurinos y taurinos, pues mientras éstos intentan razonar con lo irrazonable aquéllos creen conocer las razones de éstos. Para quienes es tan sólo un negocio, sólo cabe decirles que es tan negocio como cualquier arte al cual el capitalismo se ha llevado en su cauce. Quienes consideran que es sólo para ricos, sería bueno que conocieran un poco de la fiesta del toro por fuera de la Santamaría de Bogotá, acudir quizás a una corrida en Duitama o Sogamoso, o en algún recóndito pueblo de La Castilla española. Para quienes allí sólo se acude a exponer los privilegios del privilegiado, puedo presentarles al “Loco Darío”, un manizaleño humilde que con el fruto de su trabajo anual consigue un abono con el que podrá ir a ver los toros, únicamente por amor. Para quienes creen que se hace a costa de indefensos animales, a pesar de su acierto, deben preguntarse cuál sería la vida de estos animales si las corridas dejaran de existir. Para quienes creen conocer las razones por las que las corridas existen, sólo resta admirarlos, estoy seguro que nosotros los taurinos pocas conocemos. A quienes creen que por su multitudinario rechazo no puede catalogarse de cultural, debe advertírseles que la cultura recae sobre las diferentes concepciones del mundo y tradiciones artísticas, entre ellas incluso las que no responden a los parámetros sociales predominantes en cuanto a raza, religión, lengua y folclor.

El razonamiento antitaurino representa la típica “solidaridad” de Occidente frente al mundo, ese mismo valor loable que, a la manera de Pizarro y de la Inquisición, llevó la democracia a Irak, le brindó derechos a la mujer musulmana, erradicó la odiosa práctica de los emberas de cortar el clítoris a sus mujeres, y consolida con el paso del tiempo el trato “humanitario” para los animales. Esa idea occidental de pretender explicar, a partir de los valores de la cultura propia, la barbaridad de la ajena; esa idea de querer expandir nuestros buenos valores para erradicar esos misteriosos que no podemos explicar y que no nos resultan convenientes. Quizás lo que más incomoda a los antitaurinos, es decir a la mayoría de la humanidad, no es el acto en sí mismo, si no la imposibilidad de explicar su existencia como valor cultural de una minoría social. Es obvio, incluso los taurinos sólo podemos, en últimas, acudir a argumentos irracionales e incógnitos, como bien lo afirmó Camilo José Cela: “El toreo es un arte misterioso, mitad vicio y mitad ballet. Es un mundo abigarrado, caricaturesco, vivísimo y entrañable el que vivimos los que un día soñamos con ser toreros.

Aquí la intención era pretender justificar la existencia de la tauromaquia y defenderla, pero al encontrarme con aquel niño que hoy acude a las corridas por simple placer y gusto, reconocí que el arraigo cultural de este mundo es tal, que quien pueda explicarlo es porque más bien tiene un pie fuera de éste. Es esa inexplicable razón por la que Hemingway se enamoró, por la que describió los toros como una acto moral en razón de su placer; es ese mundo que cautivó a Orson Welles hasta tal punto que pidió ser enterrado en la finca de una de los más grandes toreros españoles; es ese sello que llevo en el pecho, que no puedo ver ni oír, que me hace amar los toros sin poderlos explicar.

Quizás desparezcamos en la historia como el último vestigio de bárbaros crueles occidentales, pero solo sé que a mi abuelo le gustaban los toros, a mi padre le gustaban los toros, y a mí también. Hoy soy yo quien llora con los “naturales” de Morante de la Puebla.



Bogotá D.C./Manizales, septiembre de 2008

Bogotá D.C., julio de 2010


(Una primera versión de este artículo fue publicada en FORO JAVERIANO. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Jurídicas. III Trimestre 2008.)